
Más del 15% de la población libanesa ha sido retirada violentamente de sus casas mientras que en Teherán 9 millones de habitantes se asfixian bajo las humaredas tóxicas de las refinerías bombardeadas. La barbarie de la guerra imperialista de Trump y Netanyahu, a la que se le ha unido Macron, debe cesar. ¡Solamente los trabajadores y los pueblos del mundo, por su propia movilización, pueden hacerlo!
Primer balance de la agresión israelita en el Líbano: más de 1,000 muertos y un millón de libaneses sacados de sus casas. ¡Es como si, en Francia, más de 12 millones de habitantes deambularan en las carreteras del éxodo! El 15 de marzo, el ministro de defensa israelita anunció que su ejército “lanzó una operación terrestre” para “eliminar la amenaza terrorista, como en Gaza”. “Como en Gaza”: ¡Los trabajadores del mundo saben lo que eso significa!
¿Y en Irán? Los ataques israelitas contra las refinerías, este 8 de marzo, hundieron a los 9 millones de habitantes de Teherán en el horror, escribe un diario libanés L’Orient-Le Jour el 8 de marzo: “escenas “apocalípticas”, o “un espeso humo negro (…) cubrió la capital iraní en una noche tóxica”. Para Le Monde del 11 de marzo, “El bombardeo de las infraestructuras civiles tiene como objetivo poner al país de rodillas”. El “país”, es decir, a 93 millones de habitantes – trabajadores, mujeres y jóvenes – que los dos criminales Trump y Netanyahu habían venido a querer “salvar” al principio de la agresión.
Después del genocidio en Gaza, el terror y la barbarie en el Líbano y en Irán confirman que Trump, Netanyahu y el imperialismo que representan son los enemigos de toda la humanidad.
Pero Trump no se escapa de las leyes del sistema capitalista. Por un lado, su sucia guerra provoca el entusiasmo desbordado de la industria de armamento, aunque no solamente: “Los pueblos del mundo entero deberán muy pronto hacer frente a una nueva crisis del costo de la vida (…), pero los beneficios obtenidos por el alza de los precios de la energía no se evaporan en el aire: aterrizan, principalmente, en los bolsillos de aquellos que ya son ricos.” (Le Grand Continent del 15 de marzo).
Mas por el otro lado, el bloqueo del estrecho de Ormuz – por el cual circula una cuarta parte del petróleo mundial – provoca una tormenta sobre los “mercados financieros”, amenazando a la economía mundial y por lo tanto a los márgenes de ganancia de otra de las facciones de la clase capitalista. Ante ello, Trump trata de calmar a la tropa: “La guerra está prácticamente terminada, de hecho, casi”, enunció el 9 de marzo para intentar de hacer subir los cursos de Wall Street… Sobre todo exige que, en adelante, Francia, Gran Bretaña, Alemania, la OTAN e incluso China se encarguen de hacer el trabajo sucio en su lugar para “asegurar” el estrecho de Ormuz…
Es en ese momento cuando comentaristas se ponen de acuerdo sobre un punto: si para Israel los objetivos de la guerra son claros, (deshacerse de todo obstáculo para su extensión territorial), para Trump, no se entienden para nada. Al grado de que el poderoso hombre de negocios David Sacks (nombrado por Trump “zar de la inteligencia artificial y de las criptomonedas) denuncia una “facción interna” en la administración estadounidense que promovería la escalada. El mismo Sacks pone en entredicho a Israel, la cual “prevé la utilización del arma nuclear, lo que sería verdaderamente catastrófico”. Y añade, dirigiéndose a Trump: “Es un buen momento para gritar victoria o para retirarse”.
Van a ser necesarios algo más que buenos “consejos” a Trump para terminar con la guerra. Va a ser necesaria la movilización unida de los trabajadores para derrotar a los gobiernos fabricantes de guerras y echarlos fuera.
Dominique Ferré.

