
El bloqueo del estrecho de Ormuz —por el que transita el 20 % del petróleo mundial— desde hace quince días y los bombardeos de los campos gasíferos de los Emiratos y Qatar están provocando reacciones en cadena.
El aumento drástico de los precios de los hidrocarburos impacta la economía mundial y, en primer lugar, golpea la vida cotidiana de miles de millones de trabajadores, cuyo poder adquisitivo ya se encontraba reducido. Porque cuando aumenta el precio de la gasolina, los precios de todos los productos básicos indispensables para la supervivencia de la clase trabajadora se disparan.
Países enteros, así como sectores de la industria, funcionan a un ritmo reducido. La industria química —ultradependiente del petróleo— está en «modo de crisis absoluta» (BFM, 18 de marzo). La de los semiconductores está en «alerta roja» por falta de helio. Paros de producción, desempleo técnico y despidos se perfilan en el horizonte. «El caos en el mercado petrolero es mucho peor de lo que se piensa», advierte el Financial Times.
Preocupados por la crisis en curso, los «inversionistas institucionales» —esos especuladores que colocan sus fondos en los Estados— elevan sus tasas, fragilizando aún más el castillo de naipes de la economía capitalista mundial.
A las destrucciones sufridas por los pueblos de Irán, Líbano y Palestina se suman los sufrimientos impuestos a los trabajadores de todos los continentes. Y esto no es más que el comienzo, pues habrá que sacar de algún lado los 200 mil millones de dólares adicionales exigidos por el Pentágono para financiar la guerra.
Nunca la lucha contra la guerra y la lucha contra la explotación capitalista han estado tan estrechamente ligadas. No se podrá acabar con una sin terminar con la otra. ■
J. A.

