La ocupación del Capitolio alimenta la crisis política, Declaración de Socialist Organizer

6 de enero de 2021: La ocupación del Capitolio alimenta la crisis política

¡A quién hay que salvar es a los trabajadores no a Wall Street!

El atleta vedet de la NBA Draymond Green de los Golden State Warriors no tiene pelos en la lengua, apresurándose a denunciar la actitud complaciente de la policía con los amotinados que franquearon las barreras y llegaron al Capitolio el 6 de enero:

 “Nada ha cambiado: si hubieran sido negros franqueando las barreras y corriendo hacia el Capitolio, todos habrían sido fusilados antes incluso de llegar al edificio … El sistema policial fue construido contra los negros y la gente de color. Por eso nos disparan cuando exigimos igualdad de derechos [no obstante] esa gente pudo llegar hasta la oficina de la presidenta de la Cámara de Representantes y poner los pies sobre su escritorio, como si estuviera en su casa en su sofá”.

 Green tiene razón. Los agresores se sintieron apoyados. Habían sido convocados por el presidente de los Estados Unidos para asaltar el Capitolio y “recuperar el país”, un llamado explícito para sitiar el Capitolio. Trump, el principal responsable de las violencias de la extrema derecha que dejó cuatro muertos, los llamó “patriotas”.

 Pero el intento de insurrección fracasó. Trump había ido demasiado lejos en sus desesperados esfuerzos por mantenerse en el poder. La agravación del carácter autoritario del régimen en interés de Wall Street, tal como se ha desarrollado durante los últimos cuatro años, era perfectamente aceptable para quienes estaban en el poder. Los capitalistas estadounidenses han visto cómo se incrementan sus ganancias, en gran parte gracias a las reducciones de impuestos y la desregulación, mientras que millones de trabajadores han perdido sus trabajos, ahorros y sus viviendas.

 La banda de matones lanzada por Trump para asaltar el Capitolio no obstante corría el riesgo de desestabilizar al régimen político que ya se encontraba en las garras de una crisis profunda y creciente, sacudido por la propagación de la pandemia, el inicio de una gran depresión económica y por una crisis económica muy importante y por la profunda inestabilidad política en todas partes. Estaba en juego la estabilidad de las instituciones políticas del capitalismo, que Trump ha perturbado.

 La clase dominante estadounidense, desde los jefes de las 150 empresas más grandes hasta la Asociación Nacional de Industriales, una organización antiobrera, incluido el establishment político de los dos partidos capitalistas, los medios de comunicación empresariales y altos rangos militares unidos para denunciar “un atentado terrorista interior”.

 El gran fabricante de automóviles Daimler resumió el sentimiento de muchos jefes cuando dijo: “Nuestra existencia depende de un marco político confiable y estable”.

 

Incluso los aliados más cercanos de Trump, entre los cuales el vicepresidente Mike Pence, el líder de la mayoría del Senado Mitch McConnell y el senador de derecha Lindsey Graham, todos los cuales alimentaron la violencia reaccionaria al denunciar la supuesta ilegitimidad de las elecciones del 3 de noviembre, se apresuraron a preservar las instituciones que garantizan el poder empresarial y la dominación imperialista.

El conjunto de responsables políticos saludo una “victoria para la democracia” ya que el Congreso se reunió toda la noche para validar el resultado de las elecciones, en el marco de una de las instituciones más reaccionarias y antidemocráticas de la nación: el Colegio Electoral de los Estados Unidos, organismo que en los últimos años ha dado la espalda al voto popular mayoritario por Al Gore durante el golpe de Estado constitucional de 2000, y por Hillary Clinton en 2016. Np es sin ironía que se debe señalar que mientras la bandera confederada desfilaba en el Capitolio, senadores y representantes de los dos partidos políticos de la patronal reunidos en la sala del Congreso, finalizaban la aplicación del reaccionario acuerdo concertado con los Estados esclavistas durante la Convención Constitucional de la Primera República.

 El conjunto del establishment político se unió al presidente electo Joe Biden para llamar a la “unidad nacional” para “restaurar nuestra democracia”, “sanar la división entre demócratas y republicanos” y “encarrilar nuevamente a la economía”. Los demócratas moderados alrededor de Biden, en particular, han elogiado la victoria de los demócratas en las dos elecciones al Senado de Georgia al mismo tiempo que instaron a una estrecha colaboración con los “republicanos anti-Trump” para derrotar cualquier propuesta legislativa “pro socialista” del grupo conocido como The Squad (1) y cualquier propuesta “pro-Trump” de los senadores Josh Hawley y Ted Cruz, quienes se posicionan como los herederos de la base Trump.

 La operación “integración de los sindicatos”

Biden ya indicó claramente, con las opciones de su gabinete, que “volver a encarrilar la economía” significará la implementación de la agenda de los patrones, es decir, más austeridad, privatización, desregulación y despidos. Los mecenas de Biden en Wall Street han anunciado que la enorme deuda vaciada por los diversos paquetes de estímulo en nombre de la pandemia tendrá que ser reembolsada.

 El mensaje es inequívoco: los presupuestos deberán equilibrarse en todos los niveles (federal, estatal y local) a expensas de los trabajadores.

 Para el nuevo gobierno, obtener el apoyo del movimiento sindical para este plan de “recuperación económica” a favor de las empresas es, por tanto, una prioridad absoluta. Con promesas y unas migajas (un aumento del salario mínimo y un modesto aumento de impuestos a los multimillonarios) se hace todo lo posible para atraer al movimiento sindical a esta operación de integración corporativista. Ya se está pidiendo a los sindicatos que acepten grandes recortes salariales (muchas empresas ya están presionando para recortes salariales de hasta un 30%) en nombre de la preservación del empleo. Y si los recortes salariales no son aceptados, entonces serán supresiones de empleo. Esta es la “opción” que Wall Street y los políticos a su servicio proponen al movimiento sindical.

 Un elemento clave de la operación de integración es lograr que Bernie Sanders y sus seguidores participen, aunque sólo sea en un puesto subalterno. Wall Street ha vetado el nombramiento de Sanders como ministro de Trabajo, considerándolo demasiado controvertido en un momento en que la asociación capital-trabajo está a la orden del día de la agenda de los capitalistas. Biden nombró al cargo al alcalde de Boston a Martin Walsh, antiguo dirigente sindical de la construcción.

 Por otro lado, Sanders será necesario como acólito del presidente. Biden anunció que viajará por todo el país con Sanders, “para conocer a los trabajadores que se sienten olvidados y abandonados en esta economía… en el marco de nuestro programa común para dar su lugar a los trabajadores como parte de nuestra agenda común y por la protección de la dignidad del trabajo de todos los trabajadores”.

 Ciertamente, la gira Biden-Sanders no tendrá por objeto promover un sistema de enfermedad para todos (single payer), de pago único, preconizado durante mucho tiempo por Sanders, pero rechazado con vehemencia por Biden.

 Por el contrario, se puede imaginar que esta gira evocará una versión “mejorada” de la ley de atención asequible, basada en el seguro privado, que no permitió superar la crisis del sistema de nuestro sistema de salud ante la pandemia. Sí, pueden decirnos, “un sistema de seguro médico para todos es un objetivo loable… ¡pero no por ahora!”.

 Es cierto que la gira Biden-Sanders no se pronunciará a favor de la Ley de Libre Elección del Empleado EFCA (por sus siglas en inglés -ndlt), prometida por Obama durante su campaña presidencial en 2007, luego ignorada tras asumir el cargo. De hecho, la implementación de la EFCA cambiaría las reglas del juego: si la mayoría de los empleados de una empresa toma una tarjeta sindical, el sindicato es automáticamente reconocido.

 Ni siquiera es seguro que la nueva administración vote a favor de la adopción de la versión endulzada de la EFCA, conocida como la “Ley de protección del derecho de sindicación”, (este proyecto de ley contiene muchas disposiciones positivas, pero no es la pieza central de EFCA, que hace que el reconocimiento sindical dependa de las tarjetas sindicales). Es más probable que este proyecto sea debilitado se debilite aún más por los “compromisos” y luego se abandone por completo, como sucedió con la EFCA.

 También es cierto que la gira Biden-Sanders no se posicionará por la reducción drástica del presupuesto militar para financiar necesidades básicas, ni por el cierre de bases militares estadounidenses en todo el mundo, ni por la reducción del presupuesto policial en favor de los servicios sociales, ni la liberación de presos políticos, ni la derogación de todos los acuerdos de “libre comercio” antiobreros.

 Nuestras próximas tareas

 Nuestras tareas al servicio del combate por la democracia y los trabajadores son múltiples.

 Ante todo, es necesario comprender que la amenaza de la extrema derecha no desaparecerá. Los secuaces de Trump, respaldados por lo que ven como una “insurrección” exitosa del 6 de enero y convencidos de que están hablando en nombre de los 75 millones de votantes de Trump (lo cual está lejos de ser el caso), amenazan con provocar disturbios, con las armas en la mano, tanto en la capital federal como en las capitales de los Estados el día de la investidura (de Biden, 20 de enero).

 Además, los funcionarios electos republicanos de todo el país están anunciando que intensificarán las barreras para desalentar o evitar que los votantes ejerzan su derecho al voto, lo que socava aún más los derechos electorales y democráticos fundamentales, Estado por Estado. Los electores negros constituyen objetivo prioritario.

 Responder a estas amenazas no significa de ninguna manera apoyar el deseo de la clase dirigente de una “unión nacional”. Embarcarse en este camino solamente prepararía un desastre y avivaría el deslizamiento hacia un régimen fascista.

 La respuesta debe ser que el movimiento obrero tome la iniciativa en la lucha por los derechos democráticos fundamentales, no a través de enfrentamientos individuales con los secuaces de Trump (que solamente están haciendo el juego para suscitar más todavía llamados al restablecimiento de la “la ley y del orden”), sino a través de acciones de masas independientes y pacíficas que den voz a la mayoría de la clase obrera. Las acciones de masas independiente y la unidad de la clase obrera sobre las reivindicaciones urgentes de los trabajadores, y un total apoyo al derecho a la autodeterminación de los negros, son las mejores armas para derrotar a la derecha racista y los de su calaña.

 Más ampliamente, el movimiento obrero debe ser la punta de lanza de la lucha por la democracia al servicio de los trabajadores, es decir, la lucha por soluciones a nuestras urgentes reivindicaciones en materia de empleo, salud, vivienda, educación, igualdad de derechos para todos y más todavía.

 Para que nuestras reivindicaciones sean satisfechas, el movimiento sindical debe romper con su subordinación al Partido Demócrata y movilizar a sus millones de afiliados, en alianza con sus aliados en los barrios.

 Entre las reivindicaciones que aportan soluciones claras a los trabajadores, podemos citar:

  • ¡Un sistema de seguro de enfermedad para todos / ¡Sistema de seguridad social de “Single payer”!
  • ¡Ley de Libre Elección del Empleado, inmediatamente!
  • ¡Fin de las reducciones presupuestarias en los servicios públicos; no a los despidos ni a la reducción de salarios para pagar la deuda capitalista: ¡Son los trabajadores a los que hay que salvar, no a Wall Street!
  • ¡Garantía del derecho al aborto!
  • ¡Alto a los desalojos y garantía de viviendas salubres para todos!
  • ¡Educación pública, gratuita y de calidad, ¡No a la privatización de las escuelas!
  •   ¡Plan de obras públicas financiado por el Estado para que 30 millones de desempleados vuelvan a trabajar con un salario mínimo sindical!
  • ¡Fondos masivos para hospitales, equipos de protección e investigación científica pública para combatir el azote del Covid-19, que se ha cobrado siete veces más vidas que el número de soldados estadounidenses muertos en Vietnam!
  • ¡Defensa y extensión de los derechos democráticos para todos; alto a los crímenes contra las personas LGBTQ!
  • ¡Reducción del presupuesto de la policía en beneficio de programas sociales vitales!
  • ¡Fin del encarcelamiento masivo, liberación de todos los presos políticos!
  • ¡Alto a todas las deportaciones de inmigrantes indocumentados, papeles para todos, cierre de centros de detención y derogación de acuerdos de “libre comercio” que destruyen empleos al Sur y al Norte de la frontera mexicana!
  • ¡Alto a las guerras y las intervenciones estadounidenses en todo el mundo; reducción drástica del presupuesto militar en favor del empleo y los servicios sociales!

 La lucha por la independencia del movimiento obrero frente a los patrones, tanto en el ámbito laboral como frente a sus representantes de los dos partidos al servicio de los patrones; es la tarea más urgente del momento. Es así como arrancaremos el contenido social de la democracia, sin el cual sólo queda la forma o la apariencia de democracia, y no su sustancia.

9 de enero de 2021

(1) The Squad es el nombre que se le da al grupo formado por cuatro electos a la Cámara de Representantes en 2018  pertenecientes a la “izquierda” del Partido Demócrata: Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York, Ilhan Omar de  Minnesota, Ayanna Pressley de Massachusetts y Rashida Tlaib de Michigan. (ndlr del Boletín

Te invitamos a ver el conversatorio “La clase obrera ante la crisis”, realizado el pasado 12 de enero con la presencia del camarada Alan Benjamín.

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