Artículo extraído de Tribuna de Trabajadores #9 julio de 2026

Por Jaqueline Ramírez García
El pasado 3 de junio se celebró el Día Mundial de la bicicleta, una fecha que suele asociarse con el ecologismo urbano o un bienestar meramente individual. Sin embargo, en la periferia de la Ciudad de México, específicamente en el Valle de Toluca o Valle Matlazinca, pedalear no es una opción de esparcimiento o de ocio ni una moda entre las zonas más gentrificadas. Aquí, la bicicleta es el motor de la clase trabajadora, un espacio de resistencia y un síntoma vivo de las fracturas de clase y de etnia que el diseño urbano capitalista insiste en reproducir.
El espacio urbano no es neutral; se diseña en función de garantizar la reproducción del capital. El Valle de Toluca ha sido configurado bajo este modelo: una ciudad diseñada por y para el automóvil particular, el cual comunica un estatus.
Las grandes avenidas que conectan la zona norte de Toluca a municipios como Zinacantepec, San Mateo Atenco y Lerma, no están pensadas para conectar a personas, sino para acelerar los flujos de mercancías, mientras la fuerza de trabajo lucha diariamente por moverse hacia sus zonas de trabajo, la movilidad pendular parece más un castigo por la suerte de vivir en las periferias de la zona Matlazinca. Mientras el Estado invierte presupuestos en generar locales para promover el consumo desmedido dentro de la población, las mayorías – los obreros de las zonas industriales, los albañiles, las trabajadoras domésticas, los estudiantes y los comerciantes – se ven obligados a disputar el asfalto en condiciones extremas de vulnerabilidad.
Para el ciclista proletario, la bicicleta es un medio de producción de su propia movilidad, la única alternativa frente a un sistema de transporte público caro, desorganizado y violento. Exigir ciclovías conectadas y seguras no es un capricho; es una demanda por la redistribución del espacio y por el derecho a regresar vivos a casa, de apropiar del espacio público que nos pertenece.
Para las mujeres y disidencias, la bicicleta en el Valle de Toluca representa una paradoja: por un lado, es una herramienta de autonomía frente al acoso sistemático que se vive en el transporte público; por el otro, implica exponer el cuerpo a una doble violencia en las calles. Las ciclistas urbanas de la periferia no sólo enfrentan la violencia vial, sino también la exposición de sus cuerpos a los espacios públicos que genera otro tipo de acoso.
El Valle de Toluca alberga una herencia originaria, con comunidades otomíes y mazahuas que habitan zonas como San Cristóbal Huichochitlán, San Pablo Autopan. Es en estas delegaciones del norte donde la bicicleta ha sido, por generaciones, el medio de transporte comunitario por excelencia, ha llegado a ser considerada una extensión del cuerpo.
La militancia ciclista en el Valle de Toluca – impulsada por colectivos locales como “Masa Crítica Toluca” – nos ayuda a reflexionar y ver que son posibles otros tipos de movilidades dentro de los espacios públicos, que ayudan a generar comunidad.
Celebrar a la bicicleta es seguir exigiendo condiciones dignas para pedalear, mientras se sigan cobrando vidas trabajadoras, feminizadas o indígenas, la demanda seguirá siendo clara: arrancar el privilegio del automóvil, construir cuidades que permitan la diversidad de cuerpo y movilidades, y entender que la lucha por la movilidad es, en el fondo, la lucha por una vida digna para quienes sostienen el Valle de Toluca desde los pedales

