Independencia, soberanía y lucha de clases: intervención de apertura en la Noche Mexicana de la LCI

Intervención del camarada Juan Carlos Vargas

Compañeras, compañeros, amigas y amigos:

Nos reunimos para conmemorar la Independencia de México. Pero para quienes miramos la historia desde una perspectiva marxista, conmemorar no significa solamente recordar fechas, héroes o repetir ceremonias.

Significa preguntarnos: ¿independencia de quién?, ¿independencia para quién? y qué significa ser verdaderamente independientes en el México de hoy?

La Independencia iniciada en 1810 no fue únicamente una disputa entre criollos y españoles. Fue también una enorme insurrección popular. Campesinos, indígenas, mestizos, trabajadores de las minas, pequeños productores y sectores pobres irrumpieron en la historia y pusieron en cuestión no sólo el dominio de España, sino también aspectos fundamentales del orden social colonial.

Hidalgo abolió la esclavitud y los tributos de castas. Morelos profundizó ese contenido social. En los Sentimientos de la Nación encontramos no sólo la reivindicación de la soberanía popular, sino también la abolición de privilegios y una preocupación central por la desigualdad: moderar la opulencia y la indigencia y mejorar las condiciones de quienes vivían de su trabajo.

Desde su origen, por tanto, la cuestión nacional estuvo ligada a la cuestión social.

Pero el proceso tuvo una profunda contradicción. La insurgencia popular de Hidalgo y Morelos fue derrotada, y la Independencia terminó consumándose en 1821 mediante una alianza en la que participaron sectores insurgentes, antiguos realistas y grupos dominantes interesados en preservar buena parte del orden existente.

La ruptura con España fue una conquista histórica enorme, pero no significó la emancipación social de las mayorías.

México se convirtió en un Estado independiente, mientras campesinos, indígenas y trabajadores continuaron enfrentándose a la concentración de la tierra, la desigualdad, la explotación y nuevas formas de dependencia económica.

Éste no es solamente un problema del siglo XIX.

En mi libro Cuarta Transformación: imperialismo senil y lucha de clases, que esta próximo a editarse planteo precisamente la necesidad de distinguir entre independencia jurídica y soberanía efectiva.

México es un Estado nacional soberano, pero su economía está profundamente entrelazada con la economía estadounidense y con las cadenas internacionales del capital. Esa realidad no convierte a México en una colonia en el sentido clásico, pero sí obliga a analizar la soberanía dentro de las relaciones del capitalismo contemporáneo y del imperialismo.

Desde la perspectiva que hemos desarrollado en nuestra prensa y en la Liga Comunista Internacionalista, la lucha antiimperialista no puede reducirse a un discurso nacionalista ni a sustituir una bandera extranjera por una nacional.

La cuestión decisiva es otra: ¿quién controla la economía?, ¿quién decide sobre la riqueza producida por millones de trabajadores?, ¿en beneficio de qué clase se organiza la sociedad?

Desde ahí analizamos también la llamada Cuarta Transformación.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador expresó un profundo rechazo popular al viejo régimen político, al neoliberalismo, a la corrupción y al deterioro de las condiciones de vida de millones de personas. Negar esa realidad sería cerrar los ojos ante un proceso social de enorme importancia.

Nuestra crítica desde la izquierda, sin embargo, es distinta a la de quienes añoran el viejo régimen.

La pregunta que planteamos es: ¿hasta dónde puede llegar una transformación social si permanecen intactas las relaciones fundamentales de propiedad y el poder económico del gran capital?

Ésa es, en el fondo, una pregunta de clase.

La propia historia de México muestra que las grandes transformaciones nunca fueron simples concesiones desde arriba.

La Independencia necesitó una insurrección popular.

La Reforma atravesó movilización y guerra civil.

La Revolución Mexicana puso en movimiento a millones de campesinos y trabajadores.

Y las conquistas laborales, educativas y sociales del siglo XX fueron inseparables de la organización y la lucha de las masas.

De ahí surge una enseñanza que conserva plena actualidad: un pueblo no puede delegar su propia emancipación.

La soberanía tampoco puede reducirse a las relaciones entre Estados. Tiene un contenido social concreto.

¿Quién decide sobre la energía, el agua, el territorio y los recursos naturales? ¿Quién controla los grandes medios de producción? ¿Quién se apropia de la riqueza generada por el trabajo?

Al mismo tiempo, defender la soberanía de México no significa enfrentar a los trabajadores mexicanos con los trabajadores estadounidenses, centroamericanos o de cualquier otro país.

Nuestro adversario no es el trabajador que nació del otro lado de la frontera.

Las grandes corporaciones actúan internacionalmente. La respuesta de los trabajadores también debe ser internacionalista. Por ello es importante el informe que dará el camarada Christian que acudió al Encuentro Internacional de Jóvenes revolucionarios en Paris, darle continuidad con la realización del mitin internacionalista contra la guerra y a la conferencia internacional de secciones del CORCI, ambos a realizarse a inicios de noviembre

Ahí encontramos una diferencia fundamental entre nacionalismo e internacionalismo.

Defender el derecho de México a decidir su propio destino no significa encerrarnos dentro de nuestras fronteras, sino vincular la lucha contra la dominación imperialista con la solidaridad entre los pueblos y con la organización independiente de la clase trabajadora. Como lo hemos estado realizando en los últimos años con la campaña de solidaridad con la causa del pueblo de Palestina contra el genocidio por le asilamiento del Estado de Israel, o nuestras campañas por la defensa de la Revolución cubana y venezolana

Por eso, al recordar la Independencia, vale la pena recuperar la aspiración más profunda que atravesó a la insurgencia popular: que la libertad no significara solamente cambiar quién gobierna, sino transformar las condiciones de vida de la mayoría.

Cuando Morelos hablaba de moderar la opulencia y la indigencia estaba planteando, en el lenguaje de su época, una cuestión que sigue abierta más de dos siglos después.

¿Puede considerarse plenamente independiente una sociedad donde una minoría concentra enormes riquezas mientras millones dependen de vender diariamente su fuerza de trabajo para sobrevivir?

Ésa es una de las preguntas que la historia nos entrega.

Desde la tradición marxista en la que se inscribe la LCI, la lucha por la soberanía nacional no puede separarse de la lucha por la emancipación social.

Por eso conmemoramos la Independencia de México no como una pieza de museo ni como una ceremonia vacía.

La recordamos como una gigantesca irrupción popular, como una revolución llena de contradicciones y como una tarea histórica cuya dimensión social permanece abierta.

Y quizá ésa sea la mejor manera de honrar a quienes lucharon hace más de dos siglos:

no solamente recordar sus nombres, sino mantener viva la pregunta que ellos colocaron sobre la mesa de la historia:

¿quién debe decidir el destino de México?

Para nosotros, la respuesta sigue siendo la misma:

el pueblo trabajador, organizado y convertido en protagonista consciente de su propia historia.

¡Viva la Independencia de México!

¡Viva Hidalgo!

¡Viva Morelos!

¡Vivan los pueblos que luchan por su soberanía y su emancipación!

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