Extraído de La Tribune des travailleurs #537

Correspondencia del Movimiento espontáneo de mujeres afganas. (10 de abril 2026).
Mientras que Afganistán entraba en su quinto año escolar consecutivo en marzo del 2026 bajo el régimen de los talibanes, las puertas de las escuelas quedan una vez más cerradas a las chicas jóvenes. Desde su regreso al poder en agosto del 2021, los talibanes han deliberadamente privado a la mitad de la población del país de ese derecho humano fundamental. Más de 2.2 millones de mujeres jóvenes fueron privadas de su derecho a la educación. Esa cifra continúa aumentando cada año, a medida que una nueva cohorte de alumnas de sexto se reúne al rango de las excluidas.
La exclusión de chicas jóvenes de las escuelas provoca un fuerte aumento de la violencia doméstica, matrimonios forzados y precoces en todo el país. Viviendo como esclavas, sufren violencias físicas y psicológicas constantes, en particular de golpes, de privación de alimentos, de aislamiento y de insultos.
Los talibanes tienen miedo de que las mujeres y las chicas jóvenes se instruyan porque saben que la toma de conciencia, el saber y la emancipación de la población femenina conducirían inevitablemente a la caída del régimen de opresión. Una mujer instruida sabe leer, cuestionar y organizarse. Puede educar a sus hijos, defender sus derechos y resistir ante la injusticia. Es por lo que la política de los talibanes no va solamente contra la educación; ataca la existencia misma de las mujeres independientes, capaces y reflexivas. Saben que su ideología misógina y reaccionaria no puede subsistir en una sociedad en donde la mitad femenina de la población es instruida, informada y autónoma.
Sin embargo, a pesar de los peligros extremos, a pesar de las amenazas de ir a prisión, de tortura y de muerte, las mujeres y las chicas jóvenes afganas continúan su lucha valiente y determinada. No han renunciado a sus sueños. A lo largo de la última semana de marzo y la primera de abril del 2026 en las ciudades de Kabul y de Hérat, chicas jóvenes se reunieron pacíficamente frente a las puertas cerradas de las escuelas, llevando sus mochilas llenas de libros que no tienen derecho a utilizar. Han elevado la voz para protestar contra las políticas misóginas y obscurantistas de los talibanes. Han gritado slogans exigiendo la reapertura inmediata de las escuelas para las mujeres y llevan consigo pancartas sobre las que se puede leer: “La educación es nuestro derecho”. “No entierren nuestro futuro” y “No tenemos miedo”. Esas jóvenes manifestantes, a veces de tan solo 12 o 13 años, desafiaron directamente a las guardias armadas de los talibanes. Aun cuando muchas fueron dispersadas por medio de la fuerza, cientos de ellas detenidas o golpeadas, su valentía ha enviado un mensaje poderoso: el espíritu de las chicas jóvenes afganas está intacto. Combaten no solamente por su propio futuro, sino por el de todo el país.
La “comunidad internacional” ha condenado ampliamente la prohibición de la educación de las chicas impuesta por los talibanes, pero sus palabras no han sido seguidas de acciones eficaces. La Unión europea, en lugar de tomar medidas serias contra los talibanes, parece privilegiar sus propios intereses políticos. En esta lógica, busca normalizar las relaciones, a confiar las embajadas afganas a los talibanes y a recibir a sus diplomáticos en sus territorios. Mientras que comienza este quinto año de privación, una pregunta queda: ¿cuántas generaciones suplementarias de jóvenes mujeres afganas deberán ser sacrificadas antes de que el mundo respalde realmente sus derechos? La guerra de los talibanes contra la educación de las mujeres constituye un crimen contra la humanidad y debe ser reconocida como un apartheid de género.

