Articulo extraído de Tribuna de trabajadores #9 julio de 2026

Por Juan Calos Vargas
La próxima renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) vuelve a colocar sobre la mesa una discusión fundamental para la clase trabajadora: ¿qué ha significado realmente la integración económica con Norteamérica y cuáles son sus consecuencias para la soberanía nacional?
Desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, nuestra posición ha sido clara: se trató de un acuerdo impuesto para someter la economía mexicana a las necesidades del imperialismo estadounidense. La promesa de prosperidad, desarrollo y convergencia económica nunca se cumplió. Por el contrario, el tratado profundizó la dependencia, debilitó sectores estratégicos de la economía nacional y consolidó una inserción subordinada de México en el mercado norteamericano.
Durante más de tres décadas, el capital estadounidense ha aprovechado las ventajas de una mano de obra barata, una legislación favorable a las grandes corporaciones y una ubicación geográfica estratégica para reorganizar sus cadenas productivas. Millones de trabajadores mexicanos fueron incorporados a la industria exportadora, especialmente en la frontera norte y en los corredores manufactureros del centro y el bajío. Sin embargo, esta integración no significó industrialización soberana ni desarrollo independiente.
México se convirtió en una pieza subordinada de las cadenas de valor controladas por las grandes corporaciones internacionales. Se ensamblan automóviles, autopartes, dispositivos electrónicos y múltiples productos industriales, pero las decisiones estratégicas, la tecnología, las patentes y las ganancias permanecen concentradas en los centros del capital imperialista. El país exporta más que nunca, pero depende también más que nunca de la economía estadounidense.
La situación del campo resulta aún más dramática. La apertura comercial destruyó amplios sectores de la producción agrícola nacional incapaces de competir con los subsidios multimillonarios otorgados a los productores estadounidenses. Millones de campesinos fueron expulsados de la producción o condenados a la precariedad. El resultado es una creciente dependencia alimentaria que limita aún más la capacidad del país para decidir soberanamente su destino.
La migración masiva hacia Estados Unidos constituye otra de las consecuencias profundas de este modelo. Cuando se firmó el TLCAN se prometió que la inversión extranjera y el crecimiento económico reducirían la necesidad de emigrar. Ocurrió exactamente lo contrario. La destrucción de empleos rurales y la incapacidad de la economía para absorber a millones de trabajadores empujaron a amplios sectores de la población a buscar oportunidades al otro lado de la frontera.
Durante estas tres décadas, la migración se convirtió en una válvula de escape para las contradicciones sociales generadas por el propio modelo económico. Millones de mexicanos producen riqueza en Estados Unidos mientras sus familias permanecen en México dependiendo de los recursos que envían periódicamente.
Las remesas alcanzan hoy niveles históricos y constituyen una de las principales fuentes de ingreso de divisas para el país. En miles de comunidades representan el principal sustento económico. Sin embargo, lo que algunos presentan como un éxito económico es en realidad la expresión de una profunda debilidad estructural. Ningún país puede considerar una fortaleza el hecho de depender del trabajo realizado por millones de sus ciudadanos en el extranjero porque no encontró condiciones para ofrecerles empleo digno en su propio territorio.
Esta dependencia de las remesas incrementa además la vulnerabilidad frente a Washington. Las amenazas de deportaciones masivas, las restricciones migratorias o cualquier crisis económica en Estados Unidos impactan directamente sobre millones de familias mexicanas. La subordinación económica se combina así con una dependencia social cada vez más profunda.
Treinta años después, las consecuencias de este proceso generan una contradicción importante. Si bien mantenemos la necesidad histórica de romper con los tratados de libre comercio impuestos por el imperialismo, también debemos reconocer que décadas de integración subordinada han transformado profundamente la estructura económica mexicana. La dependencia comercial, financiera, tecnológica e incluso migratoria es hoy mucho mayor que en 1994.
Esto significa que la recuperación de la soberanía nacional, la reconstrucción de una política industrial independiente y el rescate del campo mexicano son tareas más complejas y difíciles que hace tres décadas. No porque sean imposibles, sino porque la subordinación ha avanzado hasta niveles sin precedentes.
El gobierno de Estados Unidos conoce perfectamente esta situación y la utiliza como un instrumento permanente de presión. Cada renegociación comercial, cada amenaza arancelaria, cada disputa energética o cada conflicto migratorio demuestra cómo Washington aprovecha la dependencia mexicana para imponer condiciones favorables a sus intereses. El margen de maniobra de los gobiernos mexicanos se reduce cada vez más en la medida en que la economía nacional depende de las exportaciones, las inversiones y las remesas vinculadas al mercado estadounidense.
Por ello, una posición obrera consecuente no puede aceptar el T-MEC como un destino inevitable ni como la única alternativa posible. Tampoco puede limitarse a negociar condiciones menos desfavorables dentro de un marco diseñado para beneficiar a las grandes corporaciones norteamericanas.
La renegociación del tratado demuestra que México ha quedado atrapado en una doble dependencia: de las exportaciones hacia Estados Unidos y de las remesas enviadas por los trabajadores migrantes. Las mercancías cruzan la frontera, pero también lo hace la fuerza de trabajo expulsada por un modelo incapaz de garantizar desarrollo y bienestar.
Nuestra perspectiva sigue siendo la ruptura con los mecanismos de subordinación imperialista y la lucha por una reorganización de la economía al servicio de las necesidades populares. Esto implica recuperar el control de sectores estratégicos, impulsar una verdadera industrialización nacional, reconstruir la producción agrícola y generar empleos dignos que permitan que migrar deje de ser una necesidad económica para millones de trabajadores.
La defensa de la soberanía nacional no puede quedar en manos de quienes administran la dependencia. Debe convertirse en una bandera de lucha de la clase trabajadora, única fuerza capaz de enfrentar consecuentemente las imposiciones del imperialismo y abrir una perspectiva de transformación profunda para México.
Hoy igual que ayer la consigna es
¡Ninguna ilusión en la renegociación del T MEC!
!Abrogación del T MEC!
!Por la defensa de la soberanía nacional!

