Articulo extraido de Tribuna de Trabajadores #9 julio de 2026
Por Roger Ilich

Lo que pasó en el Ángel de la Independencia con las madres buscadoras no fue un simple pleito de borrachos ni una travesura de jóvenes irresponsables. Quienes intentan reducirlo a una noche de fiesta descontrolada solo buscan tapar el fondo social y político de un acto que retrata de cuerpo entero a un sector de nuestra sociedad.
Los videos que circulan en redes muestran la escena con claridad: tres sujetos —identificados en plataformas digitales como Abraham Chayo, Liel Nasib y Aarón Ortíz Jiménez— arrancaron una lona con fichas de personas desaparecidas para usarla de paraguas. Cuando las activistas intentaron recuperar su material y un periodista intervino para defenderlas, los jóvenes respondieron con insultos y golpes. Además, según los denunciantes estos jóvenes serian de la comunidad judía en México, asociados además, con la ideología sionista.
Más allá de los golpes, lo verdaderamente grave es la carga simbólica del atropello. Esas lonas que terminaron en el suelo llevan impresos los rostros de miles de ausentes. Son el testimonio físico del esfuerzo desesperado de miles de familias que hacen el trabajo que le toca al Estado: buscar a sus hijos ante la negligencia, el olvido y la complicidad institucional.
Para las madres, esas fotos contienen años de dolor e incertidumbre; para los agresores, eran solo un plástico útil para no mojarse la ropa.
Esa distancia no es casualidad; marca la frontera entre dos países que coexisten en el mismo espacio. De un lado están las familias que botan sus pocos recursos para financiar búsquedas, que rascan la tierra en cerros, desiertos y fosas clandestinas porque no tienen a nadie más. Del otro, vemos una muestra brutal de privilegio: esa capacidad de ver el sufrimiento de los demás sin que se les mueva un solo pelo.
En un país roto por la desigualdad, el privilegio no se mide solo en dinero. Se nota en la prepotencia, en creer que el dolor ajeno vale menos y que la tragedia de los demás es un obstáculo que estorba la diversión propia. Culpar al alcohol es una salida fácil. El alcohol no inventa los valores de la noche a la mañana, tampoco fabrica el desprecio por las víctimas. Lo único que hace es quitar los filtros y dejar salir lo que la gente ya lleva dentro.
Este ataque tampoco ocurre en el vacío. Se da en un contexto donde la protesta social y los movimientos de víctimas llevan años siendo criminalizados desde tribunas políticas, medios y sectores empresariales. Nos han acostumbrado a ver a quienes marchan como revoltosos que arruinan la vialidad, condenando más el cierre de una calle que las razones de fondo que obligan a la gente a manifestarse.
Las madres buscadoras incomodan porque son el recordatorio permanente del fracaso del Estado mexicano. Cada lona colgada señala la incapacidad institucional para dar respuestas. Por eso molestan a quienes prefieren una ciudad limpia de conflictos, donde las víctimas no hagan ruido y el horror se quede bien escondido.
La agresión en el Ángel es el reflejo cotidiano de una lógica peligrosa: la deshumanización del que lucha. Cuando el dolor del otro pasa a ser una simple molestia estética, la violencia se normaliza y deja de escandalizar.
Este episodio debería obligarnos a revisar qué tipo de sociedad estamos construyendo. No se trata solo de la conducta de tres individuos, sino de un sistema donde las mujeres que buscan a sus hijos son tratadas como un estorbo, mientras que los verdaderos responsables de la violencia y la impunidad siguen protegidos.
Las familias de los desaparecidos representan lo mejor de la dignidad colectiva: la resistencia contra el olvido. Los que les arrebataron las mantas dejaron ver el lado opuesto: el egoísmo de un sector dispuesto a pisotear la memoria ajena con tal de cuidar sus propios privilegios. Y ese desprecio, mucho más que la lluvia o el alcohol, es el verdadero peligro que enfrentamos.

