
Por Aude Leberre
En apariencia, la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, celebrada los días 24 y 25 de septiembre en Washington, se desarrolló en un ambiente de gran cordialidad. El presidente estadounidense dispensó una recepción con todos los honores a su homólogo chino, hasta el punto de extender una amplia alfombra roja desde su llegada.
De la cumbre salieron pocas decisiones concretas, salvo la prolongación hasta el 10 de enero de la tregua sobre determinados aranceles aduaneros, instaurada desde octubre de 2025 para algunos productos chinos y anunciada el día anterior.
Pero esta coexistencia pacífica momentánea está lejos de significar un apaciguamiento de las tensiones entre los dos países. A seis semanas de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, en las que el compromiso militar en Irán y la inflación ya amenazan con hacer perder a Trump su mayoría, éste no puede permitirse que la escalada con China se acelere. De ahí la necesidad de mostrar una relación cordial entre ambos dirigentes.
Sin embargo, los asuntos conflictivos no han desaparecido: «Trump y Xi deben reunirse dos veces después de una cumbre que no permitió aliviar las tensiones» (Financial Times, 27 de septiembre).
Si en esta etapa Trump no está en condiciones de ir más lejos, el principal desafío sigue siendo el mismo para los capitalistas estadounidenses: el acceso al mercado chino, que todavía se les escapa y que codician más que nunca. Lo demuestra la cena de Estado organizada para la ocasión, en la que participaron representantes de las mayores empresas estadounidenses de tecnología e inteligencia artificial: Jeff Bezos, Elon Musk, Mark Zuckerberg y Sam Altman, entre otros.

