
Miles de trabajadores y jóvenes marcharon en Túnez el 17 de octubre, a convocatoria de la central sindical Unión General Tunecina del Trabajo, UGTT, y de otras organizaciones democráticas. «Una de las mayores manifestaciones en las calles tunecinas de los últimos años», según los medios, cinco años después del golpe de fuerza con el que el presidente Kaïs Saïed se otorgó plenos poderes.
Las reivindicaciones sociales estuvieron en el centro: contra la carestía de la vida y los despidos, contra un proyecto de ley de finanzas que recorta a hachazos los servicios públicos. Estaban estrechamente vinculadas a las reivindicaciones democráticas contra el cuestionamiento de las libertades políticas.
Fiel a su política, la dirección de la UGTT lanzó una advertencia al poder: si éste no garantiza el «diálogo social», es «la calle» la que corre el riesgo de levantarse contra el gobierno y los intereses capitalistas que representa. Su secretario general lo resumió al día siguiente en una fórmula: «Cuando se vuelca la mesa del diálogo, la calle se convierte en la mesa del diálogo».
Una cosa está clara: quince años después de la revolución que expulsó al odiado régimen policial de Ben Ali, ninguna de las sucesivas combinaciones gubernamentales —islamistas, «demócratas», exbenalistas, bonapartistas— fue capaz de dar a los trabajadores y al pueblo tunecinos lo que reivindicaban en 2011: «¡Pan, agua y fuera Ben Ali!».
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