
Por Juan Carlos Vargas
Editor de Tribuna de Trabajadores
La serie Pluribus, creada por Vince Gilligan para Apple TV, parte de una idea perturbadora: una señal extraterrestre provoca “la Unión”, mediante la cual casi toda la humanidad queda integrada en una conciencia colectiva, satisfecha, servicial y aparentemente libre de guerras y conflictos. Sólo unas cuantas personas, entre ellas la escritora Carol Sturka, conservan su individualidad y se resisten a ser asimiladas. A primera vista, el planteamiento parece una distopía clásica sobre la pérdida del yo, pero en realidad abre un campo mucho más complejo de reflexión política, filosófica y social sobre qué entendemos por libertad, comunidad y emancipación.
Desde una perspectiva marxista, la serie plantea una discusión necesaria: ¿puede existir una sociedad verdaderamente común si para construirla se elimina la libertad humana? La respuesta es no. El comunismo no significa convertir a las personas en piezas idénticas de una mente universal, ni disolver la subjetividad en una masa homogénea sin voluntad propia. Significa, por el contrario, terminar con las condiciones materiales que enfrentan a los seres humanos entre sí: la propiedad privada de los grandes medios de producción, la explotación del trabajo asalariado y la división de la sociedad en clases antagónicas. La comunidad auténtica no se impone desde una inteligencia externa ni desde una tecnología alienígena, sino que se construye históricamente a partir de la acción consciente de los pueblos.
La comunidad presentada en Pluribus suprime el conflicto, pero también borra la voluntad, la memoria individual y el derecho a disentir. Su felicidad no surge de la emancipación consciente, sino de una transformación biológica impuesta que elimina la posibilidad misma de la contradicción. Es la caricatura reaccionaria que el capitalismo suele fabricar del socialismo: una colectividad gris donde desaparece toda personalidad, donde el pensamiento crítico es sustituido por una armonía artificial y donde la historia se detiene en un presente eterno sin tensiones ni luchas. Esta imagen no es inocente: funciona como advertencia ideológica contra cualquier proyecto de transformación radical de la sociedad.
Marx y Engels plantearon exactamente lo contrario: una asociación en la que el libre desarrollode cada persona fuera condición del libre desarrollo de todas. En esa formulación no hay espacio para la homogeneización forzada ni para la supresión de la diferencia. La verdadera comunidad no elimina la individualidad, sino que la libera de las cadenas materiales que la deforman bajo el capitalismo. La libertad no es un estado abstracto, sino una relación social concreta que sólo puede existir cuando desaparecen las relaciones de explotación.
Carol Sturka, la escritora que resiste la “Unión”, encarna una figura compleja. Defiende su autonomía, su derecho a pensar y a no ser absorbida por la conciencia colectiva. Sin embargo, su resistencia tampoco constituye por sí sola una alternativa emancipadora. Aquí aparece una contradicción fundamental que la serie apenas sugiere pero que es clave para su lectura política: Carol piensa desde una ideología liberal capitalista, profundamente arraigada en la idea de que la libertad individual es el valor supremo y casi exclusivo de la existencia humana. Su rechazo a la “Unión” no se basa en un proyecto colectivo de transformación social, sino en la defensa de un yo autónomo que se concibe como anterior y superior a cualquier forma de comunidad.
Esta posición, aunque comprensible desde el miedo a la pérdida de la identidad, reproduce la lógica del capitalismo contemporáneo: el individuo como unidad aislada, autosuficiente, propietario de sí mismo y en competencia permanente con los demás. Carol no cuestiona las estructuras materiales que han producido el mundo anterior a la “Unión”; su crítica se limita a rechazar una forma extrema de colectivización, pero no propone una reorganización consciente de la sociedad. En ese sentido, su liberalismo la lleva a idealizar una libertad abstracta que en la realidad nunca ha existido para la mayoría de la humanidad.
El individualismo, la propiedad privada y la competencia no representan la libertad. Bajo el capitalismo, millones de personas son formalmente “libres”, pero están obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. La libertad de elegir entre distintas formas de precariedad no es libertad real, sino una ilusión jurídica que encubre relaciones de dominación profundamente desiguales. Carol, al defender su autonomía absoluta frente a la “Unión”, reproduce sin quererlo esta misma lógica: la idea de que la libertad consiste en no depender de nadie, en no estar vinculado a una colectividad que pueda limitar la voluntad individual.
Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que ningún ser humano existe fuera de la sociedad. Toda subjetividad es producto de relaciones sociales concretas, de lenguajes compartidos, de estructuras económicas y culturales que la preceden. La idea de un individuo completamente independiente es una abstracción ideológica útil para el capitalismo, pero ajena a la realidad material de la existencia humana. Incluso la resistencia de Carol depende de conocimientos, herramientas y vínculos que no ha creado por sí sola.
La contradicción central de Pluribus no es individuo contra colectividad, sino dominación contra emancipación. Ni la felicidad administrada desde arriba por una conciencia colectiva artificial ni la soledad competitiva del mercado pueden liberar a la humanidad. Ambas formas, aunque opuestas en apariencia, comparten un mismo problema: niegan la posibilidad de una construcción consciente y democrática de la vida social. En un caso, la libertad es eliminada en nombre de la armonía; en el otro, es reducida a la competencia entre individuos aislados.
La serie, sin proponérselo de manera explícita, permite pensar los límites de ambas utopías distorsionadas. La “Unión” representa el sueño tecnocrático de una sociedad sin conflicto, donde la historia se detiene porque todas las contradicciones han sido suprimidas artificialmente. El liberalismo de Carol representa el sueño opuesto: una sociedad donde cada individuo es soberano absoluto de sí mismo, sin reconocer que esa soberanía es imposible en un mundo interdependiente. Ambos modelos fracasan porque ignoran la dimensión material y social de la existencia humana.
El marxismo, en cambio, parte de la contradicción como motor de la historia. No busca eliminar el conflicto, sino transformarlo en una fuerza consciente de cambio social. La emancipación no consiste en suprimir la diferencia, sino en abolir las condiciones que convierten esa diferencia en desigualdad y explotación. Una sociedad verdaderamente libre no sería aquella donde todos piensan igual, ni aquella donde cada uno vive aislado, sino aquella donde las decisiones fundamentales sobre la producción, la vida y el futuro se toman colectivamente sin coerción ni dominación.
La auténtica comunidad sólo podrá ser obra consciente de los trabajadores y los pueblos organizados, capaces de transformar sus condiciones de existencia sin renunciar a la diversidad, al pensamiento crítico y al derecho a decidir. Esto implica no sólo una transformación económica, sino también cultural y subjetiva: la construcción de nuevas formas de relación que superen tanto el individualismo posesivo del capitalismo como las fantasías de homogeneidad total.
En última instancia, Pluribus funciona como un espejo distorsionado de nuestras propias tensiones contemporáneas. En un mundo marcado por la crisis ecológica, la desigualdad extrema y la alienación digital, la tentación de imaginar soluciones totalizantes —ya sea en forma de control tecnocrático o de refugio individualista— se vuelve cada vez más fuerte. Pero ninguna de estas salidas ofrece una verdadera emancipación.
La tarea histórica sigue siendo la misma que señalaron Marx y Engels: construir una sociedad en la que el desarrollo de cada persona no esté en contradicción con el desarrollo de todas, sino que lo haga posible. Una sociedad donde la libertad no sea un privilegio individual ni una imposición colectiva, sino una práctica común, consciente y materialmente sustentada.
Invitamos a ver la serie desde una perspectiva crítica que permita pensar sus implicaciones ideológicas y, al mismo tiempo, el potencial histórico de una reorganización socialista de la humanidad, capaz de superar tanto el individualismo capitalista como las distopías de control total.

