Chile y los problemas de la revolución proletaria

Trabajadores vinculados a los cordones industriales durante el proceso de movilización obrera chilena de 1972-1973.

Texto de Pierre Lambert

Octubre de 1973 — Extractos

Presentación editorial

El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet derrocó al gobierno de Salvador Allende e inició una brutal represión contra el movimiento obrero y popular chileno.

Pocas semanas después, Pierre Lambert presentó, en nombre del Comité Central de la Organización Comunista Internacionalista (OCI), un informe dedicado a extraer las lecciones políticas de la derrota chilena. El texto completo apareció en octubre de 1973 en el número 562 de la revista La Vérité, bajo el título “Chile y los problemas de la revolución proletaria”.

El documento que reproducimos a continuación corresponde a los extractos posteriormente publicados y traducidos al portugués. En ellos Lambert aborda algunos de los debates fundamentales abiertos por el golpe: la naturaleza del Estado y del ejército, la política de colaboración de clases, la llamada “vía pacífica al socialismo”, el papel de la Unidad Popular y la necesidad de una organización revolucionaria independiente.

La publicación de este documento histórico no pretende sustituir el estudio de los acontecimientos ni cerrar la discusión sobre la experiencia chilena. Por el contrario, permite conocer directamente una de las interpretaciones formuladas desde el trotskismo pocas semanas después del golpe de Estado.


I. Es necesario hacer el balance

A partir del 11 de septiembre y durante dos días, aviones, misiles, bombas, cañones y ametralladoras del ejército chileno —un ejército que hasta el día anterior era presentado como leal, constitucional y respetuoso de las instituciones— golpean, matan e incendian, causando miles de muertos entre los mejores combatientes de la clase obrera chilena.

Día y noche se suceden los registros domiciliarios. Todo hombre que lleve un arma es fusilado en el acto: ejecución sumaria para que sirva de ejemplo.

El 11 de septiembre, el Palacio Presidencial ardió en llamas.

Tres años antes, llevado al poder por una ola de entusiasmo sin precedentes, Salvador Allende anunciaba a las masas reunidas su intención de conducir a Chile al socialismo mediante procedimientos democráticos y afirmaba que el camino más seguro hacia la revolución era el de la papeleta electoral.

Durante tres años, en marzo pasado [1973] y nuevamente el 1.º de septiembre, las masas, respondiendo al llamado de Allende, intentaron salvar a su gobierno, el gobierno que consideraban suyo.

Allende, por radio, pocos minutos después de que la Junta le exigiera su renuncia, declaró:

“No voy a renunciar. No lo haré. Estoy dispuesto a resistir por todos los medios, aunque sea a costa de mi vida, para que la historia conserve la lección ignominiosa de aquellos que tienen la fuerza, pero no tienen la razón ni el derecho”.

A un almirante que renovó la oferta del general Pinochet de concederle un salvoconducto que le permitiría salvar la vida, Allende respondió:

“No voy a rendirme; eso es propio de cobardes como ustedes”.

Camaradas, Allende murió valientemente.

El 3 de diciembre de 1851, el diputado socialista Baudin también murió valientemente en las barricadas levantadas contra el golpe de Luis Bonaparte. Los revolucionarios de aquella época rindieron homenaje al valor de Baudin, pero demostraron que los Baudin y los Louis Blanc habían conducido a las masas populares a la derrota durante la revolución de 1848.

Aquí se plantean preguntas que todos formulan y que deben ser respondidas.

Preguntas que todos se hacen

¿Qué habrían hecho ustedes, se nos pregunta, en el lugar de Allende?

¿Por qué se desencadenó el golpe precisamente en ese momento?

¿Por qué Allende pidió a los obreros que permanecieran en las fábricas en vez de llamarlos a manifestarse en las calles?

¿Por qué el ejército chileno, considerado constitucional y legalista, organizó el golpe de Estado?

¿Por qué el general Pinochet, que en 1970 afirmaba su lealtad al gobierno y al pueblo, terminó encabezando a quienes realizaron la masacre?

¿Por qué las clases medias se inclinaron hacia la derecha y qué debía hacerse para impedir que fueran arrastradas en esa dirección?

Está también la cuestión del armamento y muchas otras cuestiones.

Quisiera comenzar respondiendo a la objeción de un militante:

“No quiero escuchar nada sobre la política de Allende. Hay que hacer algo. Lo más importante es el baño de sangre”.

Este argumento es inaceptable porque intenta hacer creer que los militantes que consideran necesario analizar las causas que condujeron a las masas trabajadoras chilenas al desastre se oponen al deber sagrado de solidaridad.

Lo afirmamos claramente: como militantes revolucionarios, llamamos a la solidaridad incondicional con todos los trabajadores y militantes que sufren la feroz represión de la Junta, cualquiera que sea la tendencia a la que pertenezcan, se reivindiquen del Partido Socialista, del Partido Comunista, del MAPU, del MIR, de la izquierda o del trotskismo.

Llamamos también a la solidaridad incondicional con los demócratas liberales que condenan a los generales fascistas.

No será desde el campo de los revolucionarios desde donde se impondrán condiciones políticas a la lucha por la solidaridad. Esto está claro. Es evidente.

Pero diré también que este argumento es doblemente inaceptable porque, si no me equivoco, quienes llaman a guardar silencio sobre los problemas políticos son los mismos que no vacilan en criticar, cuando no calumniar, a los izquierdistas y a los trotskistas.

Esta es mi respuesta a ese camarada y a todos los camaradas honestos que, afectados por una emoción legítima que todos compartimos, se niegan a iniciar el debate político: quienes llaman al silencio pretenden, en realidad, imponer su propia opinión política.

Una cosa les digo: nadie nos hará callar.

Hay que dar respuestas.

Daremos esas respuestas para la clase trabajadora chilena, para la clase trabajadora francesa, para los 15 mil refugiados políticos latinoamericanos amenazados de muerte.

Nadie nos hará callar.

Debemos proporcionar las respuestas. Debemos explicarlas. Debemos demostrarlas.

Camaradas, en 1970, la clase obrera chilena, impulsada por un entusiasmo extraordinario, impuso un gobierno que consideraba suyo.

Inmediatamente, Salvador Allende intentó tranquilizar.

Pero no tranquilizó a nadie.

Henry Kissinger, entonces secretario de Estado de Nixon y presentado en todas partes como el gran negociador de la coexistencia pacífica, dijo después de la elección de Allende como presidente de Chile:

“Las elecciones, al colocar a Allende en el poder, van a crearnos inmensos problemas, a nosotros y a las fuerzas democráticas de América Latina”.

¿Tranquilizar al imperialismo?

El imperialismo no quedó tranquilo con las declaraciones tranquilizadoras de Allende.

Sabía que las masas estaban en movimiento, y las masas en movimiento, en Chile como en cualquier otro lugar, son masas que quieren el poder; que quieren la expropiación total de los explotadores; que quieren la tierra para quienes la trabajan; que quieren romper todos los vínculos con el imperialismo; que quieren la república de los consejos.

Allende todavía proclamaba, el 27 de agosto de 1973:

“¡Conmigo al frente del gobierno no habrá golpe de Estado ni revolución violenta!”

Desgraciadamente, no hubo revolución, ni violenta ni no violenta, pero sí hubo uno de los golpes de Estado más sangrientos que América Latina hubiera conocido.

El ministro de Relaciones Exteriores y presidente del Partido Socialista, Clodomiro Almeyda, afirmó:

“Las Fuerzas Armadas chilenas apoyarán hasta el final la experiencia socialista del país siempre que ésta se mantenga dentro de las normas democráticas”.

Camaradas, esto fue escrito, esto fue dicho el 3 de septiembre de 1973, una semana antes del golpe de Estado.

Todo el mundo sabe que, si había un general “republicano”, presentado como tal tanto en Chile como en el extranjero, éste era el general Prats, que había sido ministro del Interior en el gobierno de Allende y que cedió su puesto al general Pinochet.

Cedió su puesto con pleno conocimiento de causa.

La prensa informó que, un jueves por la noche, después de una reunión a puerta cerrada de los oficiales de la guarnición de Santiago, el ministro de Defensa, Prats, comprendió que sólo su dimisión podía todavía salvar la unidad del ejército.

Fue a ver al presidente Allende, su amigo, y le dijo:

“No puedo fracturar al ejército”.

Para este general “republicano”, la masacre de los obreros y campesinos chilenos era preferible a la desarticulación del ejército.

Camaradas, el balance está ahí, sangriento y terrible.

Tenemos que extraer sus lecciones.

La Unidad Popular respetó la Constitución, una Constitución que garantizaba la propiedad privada de los medios de producción.

La Unidad Popular respetó el Estado burgués, el ejército, el sistema judicial…

Los resultados están a la vista.

Tenemos que extraer las lecciones.

A aquellos que, aprovechándose de la legítima emoción que hoy afecta a millones y millones de trabajadores de este país; a quienes condujeron a la derrota; a quienes han hecho que hoy, en las peores condiciones, la clase obrera chilena tenga que continuar desesperadamente su combate, debemos decirles:

Hay que hacer cuentas.

Hay que rendir cuentas.

Hay que abrir el debate.

Camaradas, no diré más sobre lo que sucede hoy en Chile ni sobre lo que allí sucedió.

Pienso que es indispensable, para poder medir la importancia de los problemas planteados, analizarlos también desde nuestra propia experiencia, porque la emoción que hoy conmueve a los trabajadores de este país se refiere a problemas idénticos a los que directamente se les plantean.


II. Colaboración o ruptura con la burguesía

El cardenal chileno Raúl Silva Henríquez, considerado por muchos como un hombre de izquierda o casi de izquierda, se esforzó por conseguir un “diálogo” entre la Democracia Cristiana y el gobierno de Allende.

Sin embargo, este arzobispo consideraba que:

“El marxismo no es el mejor camino porque lleva, de hecho, a renunciar al cristianismo”.

Si “el marxismo lleva de hecho a renunciar al cristianismo”, ¿cuál sería la mejor forma de devolver al redil a las ovejas perdidas sino la de Pinochet?

Camaradas, no se trata aquí de una cuestión religiosa, aunque nosotros seamos efectivamente ateos, porque para nosotros, para las masas, la felicidad debe conquistarse en la Tierra y no en el cielo.

Pero tenemos que comprender que esto corresponde a una voluntad política existente en ese país: la voluntad de quienes pretenden hacer admitir al proletariado que debe colaborar con la burguesía, con todos los partidos de la burguesía.

A partir de ahí se comprende por qué necesitan hacer creer que existen “buenos” patrones y “buenos” políticos burgueses.

Camaradas, escuchen lo que decía Le Monde el 18 de septiembre de 1973:

“Los demócrata-cristianos chilenos comienzan a protestar contra los métodos brutales empleados por los militares”.

Camaradas, ¿quiénes son estos demócrata-cristianos?

El antiguo candidato a la presidencia de la República, Radomiro Tomic, votó junto con el Partido Demócrata Cristiano de Eduardo Frei la declaración de inconstitucionalidad del gobierno de Allende.

¡No lo olvidemos!

Fue precisamente este voto el que Pinochet y sus cómplices utilizaron para afirmar que el golpe de Estado era “legal”.

Hoy, la corriente de Tomic, de tendencia humanista y liberal, ¡también condena el golpe de Estado!

Al rendir homenaje a Allende, los integrantes de esta corriente dicen:

“Había otra forma de hacerlo…”.

Sin embargo, el señor Tomic continúa llamando a defender los llamados valores democráticos: los valores de la represión y de la propiedad privada.

Éste es, camaradas, el contenido real de este esfuerzo que aparentemente pretende reintegrar a los trabajadores católicos en la clase obrera.

No, no es a los trabajadores católicos a quienes se dirigen los dirigentes del PCF y del PS.

Se dirigen a la jerarquía, al partido de la Iglesia, al partido de los defensores del orden y de la propiedad privada de los medios de producción; a los Tomic que, votando junto con Frei por declarar inconstitucional al gobierno de Allende, prepararon el golpe de Estado de la junta fascista.

[…]

En Le Nouvel Observateur del 13 de marzo de 1973, un tal Laffonques escribía:

“La Unidad Popular salió fortalecida de las elecciones del 4 de marzo. Los defensores de la derecha, decididamente, tienen mala suerte. En este momento, la cuestión fundamental para la Unidad Popular consiste en llegar finalmente a un acuerdo sobre una línea política de combate y mantenerla, dando cada vez más concretamente el ‘poder a los trabajadores’, evitando, gracias a las virtudes del sistema presidencial, las trampas de un Parlamento que continúa siendo hostil en un 54.7%.

Esta vez es posible, tanto más cuanto que la corriente ‘peruana’ que anima a los sectores progresistas del ejército chileno no se opondrá”.

¡Líbranos de nuestros “amigos”!

El 9 de julio de 1973, después del fracaso de la primera tentativa de golpe de Estado del 29 de junio, el mismo Laffonques escribía:

“¿Por qué fracasó? El ejército constitucional chileno apoyó a Allende”.

Todos, absolutamente todos, a escala internacional, unieron sus esfuerzos para adormecer al proletariado chileno, para impedirle comprender que el ejército “constitucional” era el ejército de la burguesía y de los grandes terratenientes.

El señor Laffonques concluía su artículo en los siguientes términos:

“Por ahora, todas las fuerzas de izquierda están unidas frente al peligro común. Los partidos obreros, comunistas y socialistas, no están dispuestos a dejarse degollar.

No hace falta decir que todo el mundo está armado, tanto a la derecha como a la izquierda. Es un secreto a voces. La clase obrera, por su parte, ha alcanzado el más alto nivel de combatividad. Continúa ocupando las fábricas y se niega a devolverlas.

Para el señor Allende, como para todas las fuerzas de izquierda de Chile, la situación es difícil y peligrosa, pero no desesperada”.

Siempre tranquilizando, cuando no hacía falta ser ningún genio para saber —y nosotros lo explicamos en Informations Ouvrières y en La Vérité— que el golpe llevaba meses y meses preparándose.

No hacía falta ser ningún genio. Bastaba simplemente con no defender una política de colaboración de clases para no creer en esos cuentos.

Pero llegó el 11 de septiembre.

Y el 17, Le Nouvel Observateur escribía:

“Simultáneamente, la acción violentamente represiva de las Fuerzas Armadas contra el pueblo, contra la clase obrera y contra los partidos de izquierda comenzó a principios de agosto, con un brutal registro militar de una fábrica en Punta Arenas, en el extremo sur, que causó un muerto y varios heridos.

Los militares utilizaron las prerrogativas que les habían sido concedidas por una ‘ley de control de armas’ aprobada en octubre de 1972, a la cual el Ejecutivo no se había opuesto”.

El ejército, por tanto, no era tan “progresista” y constitucional como el llamado Laffonques aseguraba el 13 de marzo y el 9 de julio de 1973.

¿Cómo vencer?

Según Le Nouvel Observateur, Allende tenía todas las cartas en la mano.

Ustedes han visto lo que hizo con ellas.

En octubre de 1972, Allende aceptó una llamada “ley de control de armas” que legalizaba los atropellos antiobreros del ejército “constitucional” y “progresista”, preparando de esa forma el golpe de Estado del 11 de septiembre.

No se opuso a esa ley.

Y nosotros explicamos, desde octubre de 1972 hasta el 9 de julio de 1973, y después hasta el 11 de septiembre de 1973, que Allende conocía la realidad.

Podía haber vencido.

Sí, Allende podía haber vencido.

Pero para pretender vencer habría sido necesario apoyarse en las masas para que éstas se opusieran a esa ley reaccionaria que permitía a los elementos fascistas del ejército profesional entrar en las fábricas, desarmar a los obreros y organizar ataques contra los trabajadores.

Los dirigentes del Partido Comunista y del Partido Socialista habrían tenido que romper con los partidos burgueses, con la Constitución burguesa y con el régimen de propiedad privada de los medios de producción, cuya defensa estaba garantizada por el ejército y la policía.

Le Nouvel Observateur continúa:

“El caso de Punta Arenas sirvió de banco de pruebas y prototipo para más de un centenar de intervenciones de este tipo durante el último mes [agosto de 1973].

Y en una de las últimas, realizada pocos días antes del golpe de Estado contra SUMAR, una empresa dominada por socialistas de izquierda, las tropas tuvieron que retroceder ante el fuego de los grupos de autodefensa y ante la movilización de los ‘cordones industriales’”.

Está muy claro.

Durante meses y meses, estas personas sostuvieron la política del gobierno.

No sólo la apoyaron, sino que incluso la empujaron hacia la derecha.

Ocultaron sistemáticamente la verdad a los trabajadores franceses.

Les mintieron.

[…]

Los especialistas del “apoyo crítico”

Rouge es, como se sabe, el órgano de la antigua Liga Comunista.

[…]

En su folleto sobre Chile, Cuatro preguntas, cuatro respuestas, encontramos este esclarecedor extracto de Rouge, número 217, del 1.º de septiembre de 1973:

“El equilibrio actual es solamente relativo. La burguesía, sobre todo desde el punto de vista militar, es más fuerte que la clase obrera y sus aliados, tanto más cuanto que las masas avanzan empíricamente, sin dirección revolucionaria.

Por eso la iniciativa vendrá de la burguesía. Será un golpe de la derecha el que desencadenará la guerra. El momento en que esto suceda y la reacción inmediata de la izquierda serán decisivos.

Si, en un primer momento, la resistencia se limita a la izquierda revolucionaria y al ala izquierda de la Unidad Popular, habrá una derrota militar y la lucha tenderá a continuar de manera irregular, probablemente bajo la forma de guerrilla.

Pero si, como parece más probable, FUERA DE ESTOS SECTORES, LA DERECHA DE LA UNIDAD POPULAR, Y CON ELLA UNA PARTE DEL EJÉRCITO BURGUÉS, SE MOVILIZA, entonces comenzará un proceso de guerra civil”.

[Mayúsculas destacadas por Pierre Lambert.]

Si comprendemos correctamente lo que significan estas palabras, Rouge, que evidentemente está a favor de la guerra civil, sólo puede desear la movilización de la “derecha de la Unidad Popular” y, con ella, de “una parte del ejército burgués”.

¡Del apoyo crítico al ala izquierda de la Unidad Popular pasamos así al apoyo crítico a la “derecha” e incluso a “una parte del ejército burgués”!

Camaradas, en la Unidad Popular están el Partido Socialista y el Partido Comunista, pero también existen partidos de la burguesía.

Si apoyar a la Unidad Popular significa algo, aunque sea críticamente, significa apoyar a esos partidos, a todos esos partidos; es decir, apoyar a ese gobierno, aunque sea de manera crítica.

En otras palabras, se da la espalda a la cuestión de las cuestiones, a la consigna de las consignas, que ninguna tendencia en Chile quiso formular y lanzar:

“¡Fuera del gobierno los partidos de la burguesía y los representantes del Estado Mayor!”

Sin embargo, el 1.º de septiembre de 1973, Rouge no sólo se negó a levantar esta consigna, sino que defendió una política diametralmente opuesta: dar su apoyo crítico a la Unidad Popular de colaboración de clases.

[…]


III. El papel internacional del Partido Comunista Francés

Camaradas, el 21 de septiembre, según L’Humanité, Georges Marchais declaró:

“Nos pronunciamos resueltamente a favor de la vía pacífica hacia el socialismo. Es la vía menos costosa para la clase obrera, para el pueblo y para la nación”.

Camaradas, debo detenerme aquí un momento, porque existe un juego que es necesario desenmascarar.

En septiembre de 1917, Lenin escribió una carta al Comité Central del Partido Bolchevique en la que decía, en esencia: después del fracaso del golpe de Kornílov, después de que los mencheviques y los socialistas revolucionarios hubieran armado a los trabajadores y, por ello, se encontraran en una situación de ruptura con la burguesía, una delegación del Comité Central debía dirigirse a sus dirigentes y decirles:

“Rompan la coalición”.

“Tomen el poder sobre la base de los soviets”.

“Nos comprometemos a luchar por el poder en el terreno de la democracia soviética, a no tomar jamás las armas contra ustedes…”.

Y añadía:

“Éste sería el camino más económico y pacífico hacia la revolución proletaria. El camino menos costoso”.

Para un oyente distraído podría parecer que Marchais estaba repitiendo a Lenin.

Pero Marchais no estaba diciendo en absoluto lo mismo.

Marchais repetía lo que había afirmado en el XX Congreso del PCF:

“¿Acaso se trata, en el marco del Programa Común, de instaurar el comunismo o incluso el socialismo? Evidentemente no.

La sociedad socialista tiene como fundamento esencial la propiedad colectiva del conjunto de los grandes medios de producción y de intercambio y el ejercicio del poder político por la clase obrera en alianza con otras capas de la población trabajadora.

Basta consultar el Programa Común para comprobar que su realización no equivaldría a la instauración de tal régimen”.

No se trata de expropiar al capital.

No se trata de romper con la burguesía.

Por eso constituye un verdadero juego de manos utilizar aquello que Lenin definía como una exigencia del partido revolucionario, como la exigencia de las masas trabajadoras —incluidas aquellas que estaban influenciadas por el menchevismo— y de los trabajadores del campo que querían la tierra.

La exigencia era:

¡Rompan la coalición!

Ése era efectivamente el camino más pacífico, el menos costoso, el menos sangriento.

Y seguramente lo sigue siendo.

Incluso en Francia sería la vía menos sangrienta.

El camino más sangriento es aquel que implica un acuerdo con la burguesía; aquel que permite que el ejército prepare su golpe de Estado; aquel que permite que los capitalistas y los monopolistas se reagrupen alrededor del cuerpo “profesional” de la jerarquía militar para que el ejército estrangule al pueblo.

Era imposible no señalar el carácter de esta paráfrasis de Lenin realizada por Marchais.

Marchais, después de constatar que los grandes propietarios no renuncian voluntariamente a sus privilegios, añade:

“Es el camino de la lucha de clases, y esto bajo todas sus formas. Si la burguesía recurre a la violencia contra la mayoría del pueblo, las masas populares tienen el deber de responder”.

¿Las masas… responsables?

Pero entonces, camaradas, ¿acaso en Chile la responsabilidad habría sido de las masas por no haber intervenido?

¿Habrá olvidado Marchais que Étienne Fajon, dirigente del Partido Comunista Francés, viajó a América Latina para exhortar a las masas a no responder a la violencia de la burguesía?

En la misma declaración, Marchais afirma:

“Los acontecimientos de Chile no podrían modificar de ninguna manera nuestra estrategia en Francia…

No consideramos que en Chile todo haya terminado, que la derecha haya ganado y que la izquierda haya sido derrotada. Es escandaloso escuchar a ciertos pretendidos revolucionarios considerar que ya todo ha terminado”.

No sé quiénes son esos “pretendidos revolucionarios” que consideran que “todo ha terminado”.

Pero es evidente que la resistencia heroica del pueblo chileno está ahí para demostrar que tenía en sus manos todas las posibilidades para vencer; que lo que faltó fue un partido revolucionario y que quienes estaban dirigiendo al pueblo chileno, independientemente de su valor personal, no estuvieron a la altura del valor y de la conciencia política del pueblo chileno.

Por otra parte, quienes hoy se atreven a escribir, en resumidas cuentas, que “en Francia haremos como en Chile y después veremos quién es el más fuerte”, hacen recaer la responsabilidad sobre los trabajadores y el pueblo de Chile.

En un número de France Nouvelle de septiembre de 1973 podía leerse:

“La gran burguesía no vaciló en utilizar todos los medios, legales o ilegales: el uso y abuso de sus posiciones en el interior del poder judicial; el uso y abuso de su fuerza en el terreno de los grandes medios de comunicación; el sabotaje de la producción y de la distribución; la especulación sobre la moneda y las mercancías”.

Pero ¿por qué permitieron que conservara esas posiciones?

¿Por qué Fajon, tres semanas antes, había ido a decir que no había que tocar las “antiguas estructuras”, que no había que nacionalizar aquello que no debía nacionalizarse porque no formaba parte del Programa Común de la izquierda?

¿Por qué decir ahora lo contrario?


Notas

1. Nota del editor.

2. Partido Socialista de Chile (PS): fundado el 19 de abril de 1933.

3. Partido Comunista de Chile (PCCh): fundado el 2 de enero de 1922 por Luis Emilio Recabarren.

4. Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU): organización política de la izquierda chilena fundada el 19 de mayo de 1969 por Rodrigo Ambrosio. Surgió de una ruptura de la Democracia Cristiana. Posteriormente, una parte del MAPU participaría en la formación de la Izquierda Cristiana de Chile.

5. Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR): organización política fundada en agosto de 1965.

6. Informations Ouvrières: semanario obrero francés impulsado por Pierre Lambert. En aquella época funcionaba como tribuna de la lucha de clases promovida por la Organización Comunista Internacionalista (OCI).

7. La Vérité: revista teórica publicada en aquel momento por la Organización Comunista Internacionalista.

8. Rouge: periódico de la antigua Liga Comunista francesa.

9. Unidad Popular (UP): coalición que llevó a Salvador Allende como candidato a la presidencia de Chile y que reunía a partidos obreros junto con otras formaciones políticas.

10. L’Humanité: periódico del Partido Comunista Francés.

11. Georges René Louis Marchais (1920-1997): secretario general del Partido Comunista Francés entre 1972 y 1994.

12. Étienne Fajon (1906-1991): periodista y dirigente del Partido Comunista Francés, integrante de su Comité Central durante varias décadas.

13. Nota del editor.


Ficha bibliográfica

Autor: Pierre Lambert
Título original de la publicación: Le Chili et les problèmes de la révolution prolétarienne
Primera publicación: La Vérité, n.º 562, octubre de 1973.
Texto reproducido: extractos.
Primera edición portuguesa: Carta de A Verdade, 7 de septiembre de 2023.
Traducción portuguesa: Comité de traductores de la revista A Verdade.
Transcripción y notas de la edición portuguesa: Alexandre Linares.
Versión española: traducción realizada a partir de la edición portuguesa disponible en Marxists Internet Archive.
Fuente digital: Marxists Internet Archive (MIA).

Un comentario en “Chile y los problemas de la revolución proletaria

Deja un comentario