La inteligencia artificial no es un sujeto: tiene dueños e intereses de clase

Cada semana aparecen noticias que presentan a la inteligencia artificial como si fuera un ser con voluntad propia. “La IA decidió”, “la IA reemplazará a los trabajadores”, “la IA se rebelará”. La investigadora Timnit Gebru ha cuestionado esta forma de hablar. En una reciente entrevista con WIRED puso un ejemplo sencillo: cuando un puente se derrumba, nadie pregunta por qué “el puente decidió caer”. Se pregunta quién lo construyó, qué controles existieron y quién permitió que siguiera funcionando.
La comparación devuelve la discusión al terreno social. Una inteligencia artificial no aparece de la nada. Detrás existen empresas que invierten, trabajadores que producen la tecnología, propietarios, gobiernos, centros de datos y millones de personas cuyos datos sirven para desarrollar los sistemas. Gebru sostiene que concentrarse únicamente en una futura “superinteligencia” puede distraernos de problemas que ya existen, como las aplicaciones militares, el enorme consumo de recursos o las consecuencias sobre el trabajo.
Desde una perspectiva marxista, ésta es la pregunta fundamental: no solamente qué puede hacer una máquina, sino quién la posee y para qué se utiliza.
¿Pero no estamos viviendo un enorme progreso tecnológico?
Aquí aparece una cuestión importante para la corriente trotskista que reivindicamos.
En 1938, León Trotsky escribió en el Programa de Transición que “las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer”. Inmediatamente añadía que las nuevas invenciones y progresos técnicos ya no conducían necesariamente a un aumento general de la riqueza material.
A primera vista alguien podría preguntar: ¿cómo podemos sostener semejante afirmación después de la computadora, internet, los satélites, la robótica y ahora la inteligencia artificial?
Pierre Lambert abordó precisamente este problema. Para Lambert, afirmar que las fuerzas productivas han dejado de crecer no significa que la técnica haya dejado de avanzar. Reconocía expresamente que la técnica podía dar enormes saltos. Su argumento era diferente: las fuerzas productivas son una categoría social y humana, no simplemente una colección de máquinas.
Por eso, desde esta interpretación, avance técnico y desarrollo de las fuerzas productivas no son exactamente lo mismo.
Lambert insistía además en que la principal fuerza productiva es la clase trabajadora: los seres humanos que, mediante su trabajo, ponen en movimiento las máquinas y producen la riqueza.
La inteligencia artificial permite comprender esta contradicción con mucha claridad.
Supongamos que una nueva tecnología permite realizar en cinco horas un trabajo que anteriormente necesitaba diez. Socialmente, eso podría permitir trabajar menos y disponer de más tiempo para estudiar, descansar, convivir o desarrollar actividades culturales. Pero dentro de una empresa capitalista también puede utilizarse para despedir trabajadores y exigir a quienes quedan que produzcan todavía más.
La tecnología es la misma. Lo que cambia son las relaciones sociales bajo las cuales se utiliza.
La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro trabajadores del mundo desempeña una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa. La OIT considera que, por ahora, la transformación de los empleos es más probable que su sustitución completa.
Cuando una fuerza productiva puede convertirse en destructiva
Aquí aparece otro elemento central de la interpretación desarrollada por la corriente lambertista: bajo el capitalismo en su época imperialista, capacidades capaces de hacer avanzar a la humanidad pueden transformarse en fuerzas destructivas. Lambert utilizaba, entre otros ejemplos, el enorme desarrollo científico e industrial destinado a la producción militar.
Esto no significa que una computadora, un robot o un algoritmo sean malos por naturaleza.
La IA puede ayudar a investigar enfermedades, traducir idiomas, procesar cantidades enormes de información o eliminar tareas repetitivas. Pero esa misma capacidad técnica puede utilizarse para la vigilancia, la guerra o para intensificar la explotación del trabajo.
También necesita una enorme infraestructura material. La Agencia Internacional de Energía calcula que los centros de datos consumieron unos 415 TWh de electricidad en 2024, alrededor del 1.5 % de la electricidad mundial, y proyecta aproximadamente 945 TWh para 2030, con la IA como uno de los principales motores de ese crecimiento.
El imperialismo senil también puede inventar
Cuando desde nuestra corriente hablamos de imperialismo senil, por tanto, no queremos decir que el capitalismo ya sea incapaz de inventar.
Puede producir tecnologías extraordinarias.
La contradicción está en que esas posibilidades permanecen sometidas a la propiedad privada, la búsqueda de ganancias, la competencia entre monopolios y las rivalidades entre Estados.
La propia OCDE señala altos niveles de concentración en sectores fundamentales para la IA, particularmente los chips especializados y la infraestructura de nube, precisamente porque requieren inversiones enormes y presentan fuertes barreras de entrada.
Aquí podemos entender mejor la fórmula de Trotsky y Lambert: “las fuerzas productivas han dejado de crecer” no quiere decir “se acabaron los inventos”. Significa, dentro de esta interpretación marxista, que los enormes avances técnicos ya no garantizan un progreso general de la humanidad.
Podemos tener inteligencia artificial cada vez más poderosa y, simultáneamente, precariedad laboral, guerras, destrucción ambiental y concentración de la riqueza.
Por eso la discusión no debe reducirse a estar “a favor” o “en contra” de la inteligencia artificial.
Las preguntas decisivas son otras: ¿quién controla esta tecnología?, ¿quién decide para qué se utiliza?, ¿quién recibe sus beneficios y quién soporta sus costos?
La inteligencia artificial podría contribuir a reducir el tiempo de trabajo, democratizar el conocimiento y satisfacer necesidades humanas. También puede convertirse en instrumento para aumentar ganancias, controlar trabajadores o perfeccionar medios de guerra.
La tecnología por sí misma no decide entre esas posibilidades. El avance de la inteligencia artificial, como el de cualquier tecnología, depende de quién es dueño de ella, quién controla los medios para desarrollarla y al servicio de qué intereses de clase se utiliza.

