Una vida no vale menos

Texto extraído de La Tribuna de Trabajadores #8, abril- mayo de 2026. Boletín de la Liga Comunista Internacionalista

Por Hiram Vidal.

En Gaza, un niño bajo escombros no pregunta qué bandera cae sobre su casa.

Pregunta por su madre.

En Ucrania, en Sudán, en Yemen, en cualquier rincón donde la pólvora cobra renta, el llanto suena igual. No hay idioma distinto para el hambre ni acento diferente para el miedo.

Pero los dueños del mundo pesan cadáveres con balanza de mercado.

Si la muerte conviene, callan.

Si la muerte vende armas, aplauden.

Si la muerte abre rutas, petróleo o negocios, la bautizan “defensa”, “seguridad”, “intervención humanitaria”.

Así trabaja el imperialismo: con traje limpio y manos ensangrentadas.

Así respira el capitalismo: convierte hospitales en ruinas y luego vende ladrillos para reconstruirlos.

Nos dicen que unas vidas valen más que otras.

Que hay muertos televisables y muertos invisibles.

Que ciertos niños merecen duelo y otros apenas una estadística al pie de página.

Mienten.

La Biblia lo dijo con una claridad que avergüenza a los poderosos: “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34).

Y también: “No matarás” (Éxodo 20:13).

El Corán habló para quien aún conserve oído: “Quien mate a una persona… será como si hubiese matado a toda la humanidad; y quien salve una vida, será como si hubiese salvado a toda la humanidad” (Corán 5:32).

“Os hemos creado de un varón y una hembra… el más noble ante Dios es el más justo” (Corán 49:13).

Ni la Biblia ni el Corán firmaron contratos con fabricantes de bombas.

Ni Cristo bendijo bloqueos.

Ni los profetas aprobaron cercos donde se castiga a millones por nacer del lado equivocado del muro.

Lo que hoy ocurre en Palestina no nació de la nada. Es fruto viejo del colonialismo: expulsar, ocupar, encerrar, bombardear y luego pedir al herido que agradezca seguir vivo. Pero sería cobarde mirar solo un mapa. El mismo sistema que aplasta Gaza explota obreros en fábricas, hambrea pueblos con deuda, saquea continentes y convierte migrantes en mercancía barata.

Lenin lo entendió hace más de un siglo: cuando el capital crece hasta pudrirse, necesita conquistar, robar y guerrear para seguir respirando. No trae civilización; trae cadenas nuevas.

Por eso defender Palestina no es odiar pueblos. Es odiar la maquinaria que necesita cementerios para sostener ganancias. Es defender también al trabajador israelí, al jornalero mexicano, al desempleado argentino, al niño congoleño y a la madre siria. Porque el enemigo no es la gente común: es quien vive de dividirla.

Toda vida humana es una vida entera. Toda tumba injusta es una derrota de la humanidad. Todo silencio cómodo es complicidad.

Que no nos pidan neutralidad entre el misil y el niño.

Que no nos pidan respeto por el verdugo.

Que no nos pidan paciencia mientras cuentan billetes sobre la sangre.

Porque llegará el día en que los pueblos, cansados de enterrar a sus hijos, se levanten.

Y entonces no habrá muro, mercado ni imperio capaz de detener la memoria.

Deja un comentario