Artículo extraído de La Tribuna de Trabajadores #8, abril – mayo de 2026. Boletín de la Liga Comunista Internacionalista

El atentado ocurrido en las inmediaciones de las pirámides de Teotihuacán, donde un joven armado abrió fuego contra turistas y visitantes, volvió a encender las alarmas sobre un fenómeno que durante años se intentó minimizar en México: el crecimiento de expresiones de extrema derecha entre sectores juveniles marcados por el aislamiento social, la frustración y la radicalización digital.
Aunque las autoridades continúan investigando los hechos, diversos reportes y capturas difundidas en redes sociales muestran que el agresor compartía publicaciones vinculadas a corrientes hispanistas ultraconservadoras, discursos xenófobos y contenidos de extrema derecha. No se trata de un hecho aislado ni de una “locura individual” desconectada de la realidad social. Detrás de estos actos existe un caldo de cultivo político y cultural que el sistema capitalista alimenta diariamente.
Durante años se nos vendió la idea de que internet y las redes sociales conectarían a la humanidad. La realidad es mucho más contradictoria. Millones de jóvenes viven hoy una existencia profundamente aislada, con relaciones sociales fragmentadas, precariedad laboral, incertidumbre económica y una sensación permanente de vacío. Las redes sociales, lejos de resolver ese problema, muchas veces lo profundizan: sustituyen la convivencia humana real por algoritmos diseñados para generar adicción, polarización y consumo compulsivo de contenido.
En ese ambiente, sectores de extrema derecha han encontrado un terreno fértil para reclutar jóvenes frustrados y canalizar su enojo hacia salidas reaccionarias. Foros, grupos privados y cuentas que glorifican la violencia política, el nacionalismo agresivo o la superioridad cultural se multiplican bajo la lógica del “contenido viral”. El hispanismo ultraderechista, que idealiza el colonialismo español y desprecia las luchas populares de América Latina, forma parte de esa corriente reaccionaria internacional.
No es casualidad que estos discursos tengan eco en una época de crisis social profunda. Mientras los grandes empresarios acumulan fortunas obscenas, millones de jóvenes enfrentan desempleo, trabajos precarios, imposibilidad de acceder a vivienda digna y una creciente desesperanza sobre el futuro. El sistema ofrece individualismo extremo, competencia feroz y consumo como única forma de identidad. Cuando esa promesa fracasa, algunos terminan buscando refugio en ideologías autoritarias que prometen pertenencia y enemigos fáciles a quienes culpar.
Sin embargo, sería un error reducir el problema únicamente a las redes sociales. El verdadero trasfondo es una sociedad enferma por la desigualdad, la violencia estructural y la destrucción de los vínculos comunitarios. Las plataformas digitales funcionan como amplificadores de una crisis humana mucho más profunda.
Frente a ello, la respuesta no puede ser únicamente más vigilancia o censura estatal. Se necesita reconstruir espacios colectivos reales: cultura, deporte, organización estudiantil, participación comunitaria y proyectos políticos que devuelvan sentido de pertenencia y solidaridad a la juventud trabajadora.
La tragedia de Teotihuacán debe ser una advertencia. La extrema derecha no surge de la nada. Crece en las grietas de un sistema que condena a millones al aislamiento, la desesperanza y la deshumanización cotidiana.

