De la Sociedad de Naciones a la ONU: ¿quién puede detener las guerras?

Este 22 de septiembre, dirigentes de todo el mundo vuelven a reunirse en Nueva York para la Asamblea General de las Naciones Unidas. Como cada año, escucharemos discursos sobre la paz, los derechos humanos y la cooperación internacional.

Pero basta mirar lo que ocurre en el mundo para hacerse una pregunta: ¿por qué, después de más de 80 años de existencia de la ONU, las guerras continúan?

Desde una perspectiva marxista, el problema no puede explicarse solamente por errores diplomáticos o por la falta de voluntad de algunos gobernantes. Hay que preguntarse qué intereses económicos y qué relaciones de poder existen detrás de las instituciones internacionales.

Hace más de un siglo, después de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias crearon la Sociedad de Naciones, presentada también como un instrumento para impedir nuevas guerras.

Lenin rechazó aquella ilusión. La describió como una alianza entre potencias capitalistas que hablaban de paz mientras disputaban territorios, mercados y zonas de influencia. En diferentes textos utilizó expresiones como “alianza de ladrones” y “manada de lobos”. En la tradición comunista se popularizó la imagen de la Sociedad de Naciones como una “cueva de ladrones”.

La expresión era provocadora, pero planteaba una cuestión sencilla: no basta con escuchar lo que una institución dice representar; hay que observar qué fuerzas y qué intereses actúan dentro de ella.

De 1919 a 1945

La Sociedad de Naciones no pudo impedir la Segunda Guerra Mundial.

Después de aquella catástrofe nació, en 1945, la Organización de las Naciones Unidas. Millones esperaban que un nuevo sistema internacional pudiera garantizar la paz.

Pero la ONU nació marcada por la correlación de fuerzas surgida de la guerra.

El ejemplo más claro es el Consejo de Seguridad. Está formado por quince países, pero solamente cinco tienen un puesto permanente: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.

Y estos cinco poseen un privilegio que los demás Estados no tienen: el derecho de veto.

Una resolución puede contar con el apoyo de prácticamente todo el Consejo y ser bloqueada por el voto contrario de uno de sus cinco miembros permanentes.

Por eso existe una contradicción evidente: la ONU proclama la igualdad de los Estados, pero su principal órgano encargado de la paz y la seguridad otorga un poder especial a cinco grandes potencias.

Gaza: 14 votos contra uno

Gaza ofrece un ejemplo muy claro. El 4 de junio de 2025, el Consejo de Seguridad votó una resolución que exigía un alto al fuego inmediato, incondicional y permanente. El resultado fue:

14 votos a favor.
1 voto en contra.

El único voto contrario fue el de Estados Unidos. La resolución fue bloqueada por el veto estadounidense.

El 18 de septiembre ocurrió nuevamente: catorce integrantes apoyaron otra resolución sobre Gaza y Estados Unidos volvió a impedir su aprobación mediante el veto.

La aritmética es sencilla: catorce votos pueden valer menos que uno.

No porque ese voto represente a más pueblos, sino porque el sistema internacional construido después de 1945 concedió a cinco Estados un privilegio excepcional. Y el problema no se reduce a Estados Unidos. Rusia, China, Francia y Reino Unido también han utilizado históricamente el veto. La cuestión es la estructura misma.

Cuba: la mayoría vota, pero nada cambia

El caso de Cuba muestra otro límite. Desde hace décadas, la Asamblea General de la ONU vota contra el embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos.

El 29 de octubre de 2025, 165 países votaron a favor de poner fin al embargo, siete votaron en contra y doce se abstuvieron. La resolución fue aprobada, pero el embargo continuó.

Aquí Estados Unidos no necesita utilizar el veto. Las resoluciones de la Asamblea General tienen, en términos generales, carácter de recomendación.

Así aparecen dos situaciones diferentes.

En Gaza, una mayoría dentro del Consejo de Seguridad puede ser anulada por el veto de una potencia.

En Cuba, una mayoría abrumadora de Estados puede aprobar una resolución sin disponer de los mecanismos necesarios para obligar a una gran potencia a cumplirla.

Nuestra crítica desde el marxismo

Desde el marxismo, la ONU no se encuentra por encima de las contradicciones del capitalismo mundial.

Los Estados que forman Naciones Unidas poseen fuerzas económicas, militares y políticas profundamente desiguales. Las grandes potencias compiten por mercados, recursos, rutas comerciales y zonas de influencia. Por eso, las instituciones internacionales también reflejan esas relaciones de fuerza.

Esto no significa que todo lo que hace la ONU sea inútil. Sus organismos proporcionan ayuda humanitaria, atienden refugiados, desarrollan programas sanitarios y educativos y permiten denunciar conflictos y violaciones de derechos humanos.

Pero otra cosa muy diferente es pensar que Naciones Unidas puede colocarse por encima de las potencias que integran el sistema internacional.

Desde el análisis que denominamos como imperialismo senil, existe una enorme contradicción.

Nunca antes la humanidad tuvo tantos recursos científicos, tecnológicos y productivos. Podemos producir enormes cantidades de alimentos, desarrollar medicamentos, comunicarnos instantáneamente y explorar el espacio. Sin embargo, millones de personas siguen viviendo guerras, hambre, desplazamientos y destrucción.

Para esta interpretación, el problema no se debe simplemente a que los gobernantes no sepan negociar. La raíz está en un sistema mundial basado en la competencia capitalista, la concentración de la riqueza y la rivalidad entre Estados y grandes potencias.

“Senil” no significa que el imperialismo vaya a desaparecer automáticamente. Significa que un sistema históricamente envejecido puede seguir siendo muy poderoso y generar contradicciones cada vez más destructivas para la sociedad como lo estamos viviendo y es más la propia existencia de instituciones como la ONU es cuestionada a cada momento, porque el sistema no es capaz siquiera de mantener alguna apariencia de legalidad o de democracia.

¿Reformar la ONU es suficiente?

Se puede discutir la eliminación del veto, la ampliación del Consejo de Seguridad o una mayor representación para África, América Latina y otras regiones. Pero la crítica marxista plantea otra pregunta:

aunque cambiara el reglamento de Naciones Unidas, ¿desaparecerían las rivalidades económicas y militares entre las grandes potencias?

Desde esta perspectiva, reformar la ONU podría modificar determinadas reglas, pero no eliminaría por sí mismo las causas económicas y sociales que alimentan las guerras.

Por eso, la conclusión de este análisis es más amplia: mientras permanezca un orden mundial basado en la competencia capitalista y la rivalidad entre potencias, las instituciones internacionales seguirán reflejando esas contradicciones.

Ochenta años después de la creación de Naciones Unidas, la pregunta fundamental sigue abierta:

¿basta con reformar la ONU o es necesario transformar también el sistema mundial que reproduce las guerras, la desigualdad y la dominación entre los pueblos?

Desde la perspectiva de la Liga Comunista Internacionalista, la alternativa no pasa por depositar nuevas ilusiones en las instituciones construidas y dominadas por los Estados capitalistas, sino por avanzar en la organización internacional e independiente de la clase trabajadora y de la juventud, uniendo sus luchas más allá de las fronteras nacionales. Para la LCI, sólo una fuerza internacional de los trabajadores puede enfrentar las raíces económicas y políticas que reproducen la guerra, la opresión y la dominación imperialista. En ese marco se inscribe el mitin internacionalista que se realizará el 8 de noviembre en París, concebido como un espacio de encuentro entre militantes, trabajadores y jóvenes de distintos países para discutir estas luchas y las perspectivas de una alternativa internacional de la clase trabajadora.

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