Cuba ante la ofensiva del imperialismo senil: defender la revolución contra el bloqueo y contra la restauración capitalista

Artículo extraído de Tribuna de trabajadores#9 julio de 2026

Las reformas económicas aprobadas recientemente en Cuba constituyen un giro de enorme gravedad histórica. No estamos ante simples medidas administrativas para enfrentar la escasez, ni ante una “actualización” técnica del modelo económico. Estamos frente a una reorientación estratégica que introduce, amplía y legitima mecanismos de mercado, propiedad privada, inversión extranjera, autonomía empresarial, sociedades por acciones, banca privada, privatización parcial de funciones estatales y eliminación progresiva de subsidios universales. Todo ello bajo la fórmula oficial de “preservar el socialismo”. Pero la historia del movimiento obrero enseña que muchas derrotas se preparan precisamente en nombre de salvar aquello que se está desmontando.

Desde una posición trotskista, es necesario partir de una doble afirmación. Primero: Cuba sigue siendo una conquista histórica de los trabajadores y de los pueblos oprimidos de América Latina. La expropiación del capital imperialista y de la burguesía cubana después de 1959, la nacionalización de sectores fundamentales de la economía, la planificación estatal, la salud y la educación universales, y la resistencia heroica frente al imperialismo yanqui, son conquistas que deben ser defendidas incondicionalmente. Segundo: defender Cuba no significa apoyar acríticamente a la burocracia gobernante ni justificar su política de conciliación con el mercado mundial. Al contrario, defender la revolución exige combatir el rumbo restauracionista que hoy se abre paso desde arriba.

El imperialismo estadounidense mantiene desde hace más de seis décadas un bloqueo criminal contra Cuba. Ese bloqueo no es una abstracción: significa persecución financiera, sanciones secundarias, asfixia energética, obstáculos para importar medicinas, alimentos, refacciones, tecnología y combustible. Es una guerra económica permanente contra un pueblo pequeño que se atrevió a expropiar a los explotadores y desafiar el dominio de Washington en el Caribe. En los últimos meses, bajo la política de presión máxima de Trump y Rubio, esa agresión se ha recrudecido con amenazas, sanciones, bloqueo petrolero y chantaje diplomático. El objetivo del imperialismo no es “democratizar” Cuba, sino recolonizarla, devolverla a los capitalistas, a los fondos de inversión, al turismo depredador, a los gusanos de Miami y a las transnacionales.

Pero precisamente por eso resulta tan peligrosa la orientación del gobierno cubano. En lugar de llamar a la movilización revolucionaria de la clase trabajadora cubana, latinoamericana y mundial contra el bloqueo; en lugar de apelar a la solidaridad activa de los pueblos; en lugar de fortalecer la planificación bajo control obrero y combatir los privilegios burocráticos, la dirección del PCC responde abriendo espacios al mercado, a la propiedad privada y al capital extranjero. Es decir, responde a la ofensiva del imperialismo senil aceptando parte de su programa económico.

El concepto de imperialismo senil expresa la fase actual de descomposición del capitalismo mundial. El imperialismo ya no puede ofrecer desarrollo nacional, industrialización soberana ni bienestar social a los pueblos oprimidos. Su dominio se sostiene mediante guerra, deuda, sanciones, saqueo de recursos, destrucción ambiental, migración forzada y subordinación financiera. En su senilidad, el imperialismo no crea estabilidad: exporta crisis. No ofrece progreso: exige privatizaciones. No reconoce soberanías: impone ultimátums. Cuba es hoy uno de los laboratorios más duros de esa política: primero se asfixia al país, luego se presentan las concesiones al capital como única salida posible.

Esa es la trampa. El bloqueo crea hambre, apagones, desabasto y desesperación. Después, los voceros del capital dicen: “la solución es abrir el mercado”. Pero el mercado no resolverá las necesidades del pueblo cubano. El mercado distribuirá alimentos, medicinas, divisas, energía y vivienda según la capacidad de pago. Producirá nuevas capas de ricos, intermediarios, empresarios privados, especuladores y burócratas convertidos en propietarios. Separará aún más a quienes reciben remesas de quienes viven de un salario. Hará depender sectores estratégicos de inversionistas extranjeros. Transformará derechos sociales en mercancías.

Las reformas anuncian una lógica conocida: empresas estatales convertidas en sociedades mercantiles; posibilidad de adquirir acciones; capital privado en banca y finanzas; ampliación del papel de las mipymes; mayor contratación privada; liquidación de empresas no rentables; eliminación de subsidios a productos para sustituirlos por subsidios focalizados; devaluaciones sucesivas; precios más ligados a costos reales; apertura a cubanos residentes en el exterior y al capital extranjero. En lenguaje burgués, esto se llama “modernización”. En lenguaje marxista, es la introducción de relaciones capitalistas de producción en el corazón de una economía nacida de una revolución anticapitalista.

El paralelo histórico más serio no es China ni Vietnam, como pretende sugerir la dirección cubana, sino la Unión Soviética de Gorbachov. La perestroika también se presentó como una renovación necesaria. También habló de eficiencia, descentralización, iniciativa empresarial y reforma del socialismo. Pero al abrir la puerta al mercado y a la propiedad privada, la burocracia soviética terminó incubando una nueva burguesía mafiosa surgida de sus propias entrañas. El resultado fue la restauración capitalista, la destrucción de conquistas obreras, la caída brutal de las condiciones de vida y el saqueo de la propiedad social.

Cuba no es la URSS. Es una isla bloqueada, empobrecida, con una economía mucho más frágil y dependiente. Por eso el peligro es aún mayor. Una restauración capitalista en Cuba no significaría un “desarrollo normal”, sino una recolonización acelerada: turismo de lujo junto a miseria popular, privatización de activos estatales, desigualdad social explosiva, emigración masiva, subordinación financiera y penetración directa del imperialismo estadounidense.

Desde la teoría de la revolución permanente, Trotsky explicó que en los países oprimidos las tareas democráticas y nacionales —independencia real, soberanía económica, reforma agraria, desarrollo productivo— no pueden ser realizadas de forma consecuente por una burguesía nacional atada al imperialismo. Solo la clase obrera, tomando el poder y extendiendo la revolución internacionalmente, puede llevarlas hasta el final. La Revolución Cubana confirmó esa tesis: para defender la soberanía nacional tuvo que expropiar al capital. Pero también confirmó otra lección: una revolución aislada, sin democracia obrera y sometida a la presión del mercado mundial, queda en manos de una burocracia que tiende a buscar acuerdos con el imperialismo o con sectores capitalistas para conservar su propio poder.

Por eso la salida no es ni el bloqueo imperialista ni las reformas procapitalistas. La salida es la defensa revolucionaria de Cuba: levantamiento inmediato e incondicional del bloqueo, ruptura con toda subordinación a Washington, defensa de la propiedad estatal de los sectores estratégicos, monopolio estatal del comercio exterior bajo control obrero, planificación democrática, apertura de los libros contables de empresas y ministerios, control de trabajadores sobre producción y distribución, combate a los privilegios burocráticos, defensa del salario, de la libreta de abastecimiento, de la salud y la educación públicas, y construcción de una oposición obrera revolucionaria que luche por una democracia socialista real.

La solidaridad internacional no puede limitarse a discursos. En México tenemos una responsabilidad concreta. El gobierno mexicano no debe ceder ante las presiones de Estados Unidos. Debe reanudar de inmediato el envío de petróleo a Cuba, de manera pública, soberana y sostenida. Si Washington amenaza, hay que responder con movilización obrera, sindical, estudiantil y popular. La defensa de Cuba no es un asunto diplomático: es una causa de clase.

Desde Tribuna de los Trabajadores llamamos a levantar una gran campaña nacional e internacional: ¡Abajo el bloqueo imperialista contra Cuba! ¡Fuera Estados Unidos de Guantánamo! ¡No a la restauración capitalista! ¡Defensa de las conquistas de la Revolución Cubana mediante la democracia obrera y la revolución permanente! ¡Petróleo mexicano para Cuba!

Invitamos a nuestros lectores, sindicatos, colectivos juveniles, organizaciones populares y militantes internacionalistas a firmar y difundir la campaña por el envío de petróleo mexicano a Cuba.

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