
Artículo extraído de Tribuna de Trabajadores #9 julio de 2026
La clase obrera de Irán y México unidos por el fútbol y por la lucha contra el mismo enemigo.
Por Lily Roja.
Este mundial es histórico, no solo por el premio “FIFA de la paz” que recibió Donald Trump por su labor “pacificadora” a base de bombas, misiles, hambruna y desplazamientos forzados alrededor del mundo… sino que detrás de cada pase y gol de las delegaciones de cada país, hay una historia de resistencia de clase.
Como si de un campo de batalla se tratase la cancha fue transformada por las autoridades norteamericanas con Trump a la cabeza a través del acoso y hostigamiento por parte de las autoridades norteamericanas a la selección de fútbol iraní: visados que les daban con cuentagotas, con la incertidumbre si día siguiente se los negarían. Cada cruce por la frontera era un acto de fe, con revisiones exhaustivas, interrogatorios, una lotería burocrática donde el tío Sam movía los hilos. Nueve técnicos vetados, 15 de 70 sin permiso, y Trump sugiriendo que Italia les robara el lugar. ¿Por qué? Porque son iraníes, porque su gobierno resiste al avance los planes geoestratégicos del gobierno sionista de Israel y de Trump y sus socios.
Pero no todo es destrucción y pesadumbre: toda opresión engendra su contradicción. El acoso selectivo de la Casa Blanca convirtió a estos jugadores en símbolos vivientes de la resistencia antiimperialista. El gobierno mexicano ofreció refugio, hospedaje y protección en la ciudad fronteriza de Tijuana, que, como ciudad obrera y fronteriza pisoteada por las mismas políticas y trato migratorio no tardó en solidarizarse. No hubo indiferencia, hubo empatía. Las y los trabajadores de las maquiladoras, las y los estudiantes, niños y niñas con sus álbumes de Panini, todos se volcaron al hotel donde se les mostró apoyo y solidaridad por la situación de guerra, mensajes de pésame por sus muertos, por las niñas asesinadas en los bombardeos y demostraciones de cariño para levantar el ánimo:
El grito «¡Irán hermano, ya eres mexicano!» no fue solo un eslogan vacío, es un reconocimiento de clase: los que sufrimos el la opresión por el imperialismo somos como una misma familia. Esas muestras de solidaridad no solo eran para los jugadores, eran para toda la clase obrera y el pueblo iraní.
El contexto de guerra, esa amenaza constante de bombardeos y sanciones que pesa sobre el pueblo iraní, no se queda en los noticieros. Se trasladó a la cancha. Cada despeje, cada tiro a gol, cada falta, lleva la memoria de un pueblo asediado. Y la afición mexicana, que conoce el desprecio de las políticas migratorias, de los patrones que contratan latinos a salarios más bajos y con condiciones precarias, que conoce de las redadas del ICE, lo captó al instante: historias como la de José, el pizzero que esperó horas por un autógrafo, no buscaba una firma: buscaba decirle a Mehdi Taremi que su lucha es nuestra lucha. Lisa, la estudiante de derecho, quería que sintieran «todo el cariño», porque el cariño del pueblo trabajador es un arma más poderosa que cualquier misil.
El hostigamiento, repetido una y otra vez, generó solidaridad. La negación sistemática de visados produjo su opuesto: una bienvenida masiva, sin condiciones. Mientras Trump construye muros, Tijuana derribó fronteras con abrazos.
Así que cada que veas un partido, no veas solo once contra once. Ve la contradicción: el imperialismo, los grandes capitales representados en la FIFA que intentan excluir y el pueblo que incluye.
Porque al final, el balón rueda, pero la historia no: la historia la escribimos nosotros, los de abajo.
¡Irán hermano, ya eres mexicano!
¡Contra la guerra y la exploración, arriba el fútbol para todas y todos sin exclusión mercantilista!

