
Que a uno le guste o no el fútbol, hace mucho tiempo que la Copa Mundial es algo más que deporte: contratos multimillonarios obtenidos por las grandes multinacionales, influencia de los Estados y “prácticas mafiosas” de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), denunciadas desde hace años por algunos de los medios más reconocidos*. No olvidemos que esta venerable institución fue dirigida, entre 1974 y 1998, por João Havelange, cercano a la dictadura brasileña.
Pero la edición 2026 de la Copa Mundial bate todos los récords, especialmente en Estados Unidos, que la organiza junto con México y Canadá.
En plena negociación entre Trump e Irán, la competición estuvo marcada por medidas discriminatorias contra la selección iraní. Solo se le permitió aterrizar en Los Ángeles la víspera de su primer partido… para luego verse obligada a trasladar su campamento base a territorio mexicano.
“Restricciones contrarias al principio de igualdad de condiciones para todos los equipos”, denunció un responsable.
Pero los jugadores iraníes no fueron los únicos afectados. En tiempos del ICE —la siniestra policía federal de inmigración de Trump—, otros deportistas también han sufrido las consecuencias de la política migratoria estadounidense.
Así, los jugadores de la selección de Senegal y posteriormente los de Uzbekistán fueron “recibidos” al bajar del avión, sobre la pista del aeropuerto, por agentes equipados con detectores de metales y perros rastreadores. La selección uruguaya corrió la misma suerte.
En cuanto al árbitro somalí Omar Artan, a pesar de portar un pasaporte diplomático, fue expulsado apenas llegó a Estados Unidos. La FIFA no movió un dedo para protestar. Hay que decir que Trump lleva meses haciendo campaña contra Somalia, país al que calificó de “país de mierda”.
¿Y qué decir de la prohibición, a pocos días del inicio del torneo, de la camiseta de la selección nacional de Haití? La versión original reproducía una escena de la Batalla de Vertières (18 de noviembre de 1803), fecha decisiva de la Revolución Haitiana, cuando el ejército de esclavos sublevados, dirigido por Dessalines, derrotó a las tropas napoleónicas esclavistas, abriendo el camino a la primera República negra de la historia.
“Demasiado política”, según la FIFA.
La misma FIFA que, por el contrario, siempre se ha negado a imponer la menor sanción a la federación israelí… y que anunció su intención de invertir 75 millones de dólares en instalaciones deportivas en Gaza dentro del siniestro “Consejo para la Paz” impulsado por Trump.
La misma FIFA que entregó a Trump el “Premio FIFA de la Paz” en diciembre de 2025, como consuelo por no haber obtenido el Premio Nobel.
Afortunadamente, la lucha de clases está ahí para propinarle una patada a todo este montón de basura.
Decenas de miles de maestros se manifestaron frente al Estadio Azteca de Ciudad de México para exigir la derogación de la contrarreforma de las pensiones bajo la consigna: “¡Si no hay solución, no habrá balón!” (véase nuestro número anterior).
Y en el estadio SoFi de Los Ángeles, California, el sindicato Local 11 de Unite Here, que agrupa a los trabajadores del estadio, acaba de arrancar concesiones a la patronal tras la amenaza de una huelga aprobada por el 96 % de sus 2,000 afiliados.
Cada uno de esos 2,000 sindicalizados portará durante el partido Estados Unidos–Uruguay una insignia con el lema: “Kick ICE Out!” (¡Fuera ICE!).
Artiom Fedorov
* Véase, por ejemplo: «¿Cómo se transformó la FIFA en una mafia?», France Inter, 22 de febrero de 2016.

