Articulo extraído de Tribuna de Trabajadores #9 julio de 2026

El Mundial de Fútbol organizado por la FIFA se presenta una vez más como la gran fiesta del deporte mundial. Millones de trabajadores, jóvenes y familias siguen con pasión a sus selecciones nacionales y a sus jugadores favoritos. Sin embargo, detrás del espectáculo, las luces y la propaganda, se esconde una realidad que cada vez resulta más evidente: el fútbol de élite ha sido secuestrado por los grandes negocios capitalistas.
La FIFA se ha convertido en una gigantesca corporación internacional que mueve miles de millones de dólares. Los derechos de televisión, los contratos publicitarios, los patrocinios de las grandes multinacionales y la especulación con las entradas han transformado un deporte popular en un negocio reservado para quienes pueden pagarlo.
Para los trabajadores mexicanos, asistir a un partido del Mundial es prácticamente imposible. Los precios de las entradas alcanzan cifras exorbitantes que equivalen a semanas o incluso meses de salario para una familia obrera. A ello se suman los gastos de transporte, hospedaje y alimentación. El resultado es evidente: los estadios se llenan de turistas con alto poder adquisitivo, ejecutivos de empresas, invitados corporativos y sectores privilegiados, mientras quienes construyeron históricamente la cultura futbolística son expulsados de las tribunas.
Esta situación refleja una contradicción fundamental del capitalismo. El deporte posee un enorme potencial social. Practicar fútbol contribuye a la salud física y mental, fomenta la convivencia, fortalece el trabajo colectivo y genera espacios de recreación para niños, jóvenes y adultos. En los barrios obreros de todo el mundo, una cancha ha significado muchas veces un lugar de encuentro comunitario y una alternativa frente a la violencia, la exclusión y la marginación.
Pero bajo la lógica de la ganancia, el deporte deja de ser un derecho y se convierte en una mercancía. Lo importante ya no es el bienestar de quienes juegan o disfrutan del fútbol, sino la rentabilidad de las inversiones. Los clubes son comprados por fondos financieros, los jugadores son tratados como activos económicos y los aficionados son reducidos a consumidores.
Sin embargo, el fútbol nunca ha sido un fenómeno apolítico. A lo largo de la historia ha estado profundamente ligado a la vida de la clase trabajadora. Numerosos clubes nacieron en fábricas, sindicatos, puertos y barrios obreros. Equipos históricos de Inglaterra, Alemania, Argentina, Uruguay, España o Italia surgieron de comunidades de trabajadores que encontraban en el deporte una forma de organización colectiva y de identidad social.
Las propias gradas han sido escenario de importantes expresiones políticas. Existen hinchadas y clubes que han mantenido una tradición antifascista durante décadas, enfrentando el racismo, la xenofobia y a la extrema derecha. En los últimos años, miles de aficionados alrededor del mundo han utilizado los estadios para expresar su solidaridad con el pueblo palestino frente a la ocupación y la masacre que sufre Gaza. Banderas palestinas, pancartas y manifestaciones de apoyo han aparecido en canchas de Europa, América Latina y Medio Oriente, demostrando que el fútbol forma parte de las luchas y contradicciones de la sociedad.
Por eso es falso afirmar que deporte y política no deben mezclarse. Lo que ocurre es que quienes hacen esa afirmación suelen aceptar sin problemas la presencia de patrocinadores multimillonarios, gobiernos autoritarios o corporaciones internacionales en el espectáculo deportivo. Lo que les incomoda no es la política en sí misma, sino la expresión de las causas populares.
Los trabajadores tenemos el derecho de disfrutar del deporte, practicarlo y acceder a él sin que sea un privilegio reservado para una minoría. El fútbol pertenece a quienes lo juegan en los parques, en las escuelas, en los barrios y en los centros de trabajo. Pertenece a quienes llenan las tribunas con su pasión y no a los especuladores que convierten cada torneo en una máquina de hacer dinero.
Frente al Mundial convertido en negocio, defendemos el deporte como una herramienta de salud, educación, convivencia y organización popular. Porque el fútbol nació entre el pueblo trabajador y sólo recuperará plenamente su sentido cuando vuelva a estar al servicio de quienes lo hicieron grande.

