Articulo extraído de Tribuna de Trabajadores #9 julio de 2026

Por Hiram Vidal
En Ixil, Yucatán, se libra una lucha que refleja una realidad cada vez más extendida en México: el enfrentamiento entre las comunidades que defienden su territorio y los grandes intereses económicos que buscan convertir la tierra, el agua y la naturaleza en mercancías.
Para el pueblo maya de Ixil, la tierra no es simplemente una propiedad. Es el espacio donde viven sus familias, donde trabajaron sus antepasados y donde se encuentra una parte fundamental de su identidad colectiva. Sin embargo, para los grupos inmobiliarios que han puesto sus ojos sobre la región, el territorio representa una oportunidad de negocios multimillonarios.
Durante los últimos años, habitantes de la comunidad han denunciado intentos de apropiación de tierras ejidales mediante procedimientos que consideran irregulares. Detrás de estas operaciones aparecen empresarios, despachos jurídicos y personajes vinculados al poder económico regional, interesados en impulsar desarrollos residenciales y proyectos inmobiliarios destinados a los sectores más acomodados.
Uno de los casos más conocidos es el proyecto Aludra, que pretendía urbanizar más de 700 hectáreas de territorio con importantes áreas de vegetación. La resistencia de la comunidad y las denuncias presentadas ante las autoridades ambientales permitieron que el proyecto fuera clausurado en 2023. Aquella decisión fue vista como una victoria para quienes defienden la selva y el patrimonio comunitario.
Pero la historia no terminó ahí.
La oposición de los pobladores provocó una escalada del conflicto. Diversos habitantes denunciaron operativos policiales, agresiones y procesos judiciales contra defensores comunitarios. Una vez más quedó en evidencia una realidad que se repite en distintos puntos del país: cuando las comunidades se organizan para defender sus derechos, suelen enfrentarse no sólo a las empresas, sino también a un aparato institucional que frecuentemente actúa en favor de los intereses del capital.
Lo que ocurre en Ixil no es un problema local ni un caso aislado. Forma parte de un modelo de desarrollo basado en la especulación inmobiliaria y la privatización de los bienes comunes. En Yucatán, como en muchas regiones de México, enormes extensiones de territorio son incorporadas al mercado para satisfacer las necesidades de inversión de grandes capitales nacionales y extranjeros.
Los resultados son conocidos: destrucción de ecosistemas, presión sobre las fuentes de agua, incremento del precio de la tierra y desplazamiento gradual de las comunidades originarias. Mientras los empresarios hablan de progreso, las poblaciones locales enfrentan incertidumbre, pérdida de territorio y amenazas constantes contra sus formas de vida.
El problema de fondo es que bajo el capitalismo todo termina subordinado a la ganancia. La selva vale por el dinero que puede generar. El territorio vale por la plusvalía que puede producir. Incluso la vida de las comunidades queda subordinada a los intereses de quienes controlan el capital.
Frente a ello, la resistencia de Ixil demuestra que existe otro camino: la organización colectiva, la defensa del territorio y la movilización popular. Ninguna conquista obtenida por las comunidades ha sido producto de la buena voluntad de los gobiernos o de las empresas. Cada avance ha sido resultado de la lucha organizada.
Por eso la experiencia de Ixil debe ser conocida y discutida por trabajadores, jóvenes, campesinos y comunidades de todo el país. La defensa de la tierra, del agua y de los derechos colectivos no puede separarse de la lucha contra un sistema que convierte todo en mercancía y que coloca las ganancias de unos cuantos por encima de las necesidades de la mayoría.
Desde la Liga Comunista Internacionalista (LCI) llamamos a debatir estas ideas, a estudiar las causas profundas de estos conflictos y a construir una alternativa política de los trabajadores y los pueblos oprimidos. La resistencia de Ixil muestra que es posible enfrentar el despojo. Pero para derrotarlo definitivamente hace falta organización, conciencia y una lucha común contra el sistema que lo genera.
Si compartes estas preocupaciones, te invitamos a acercarte a la LCI, leer y difundir Tribuna de los Trabajadores, participar en nuestros círculos de discusión y sumarte a la construcción de una organización revolucionaria capaz de luchar por una sociedad donde la tierra, la riqueza y los recursos estén al servicio de quienes los producen y no de una minoría de empresarios y especuladores.

