Cierra Ediciones Era: cuando desaparece una editorial crítica perdemos todos

Por la redacción de Tribuna de los Trabajadores

El cierre de Ediciones Era, después de 66 años de actividad, no puede reducirse a la desaparición de una empresa editorial. Para varias generaciones de lectores mexicanos y latinoamericanos significa la pérdida de uno de los espacios independientes que hicieron posible acceder a literatura, historia, ciencias sociales y pensamiento crítico que difícilmente habrían encontrado el mismo lugar dentro de una industria guiada exclusivamente por los criterios de rentabilidad.

Fundada en 1960 por un grupo vinculado al exilio español, entre quienes se encontraban Neus Espresate, Tomás Espresate, José Azorín, Pilar Alonso, Carlos Fernández del Leal y Vicente Rojo, Era construyó a lo largo de seis décadas un catálogo de más de 500 títulos. Por sus páginas pasaron José Revueltas, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Efraín Huerta, Carlos Fuentes y muchas otras figuras fundamentales de la cultura mexicana y latinoamericana.

La noticia del cierre se conoció el 17 de agosto. En una comunicación dirigida a clientes y amigos, la editorial explicó que la red de librerías que garantizaba buena parte de su distribución antes de la pandemia desapareció y que sus ventas terminaron reduciéndose a apenas 25 por ciento de los niveles anteriores. Durante seis años intentó mantener las operaciones, pagar las deudas contraídas durante la pandemia e incluso vendió su histórica sede de la colonia Roma. Finalmente, la acumulación de obligaciones económicas hizo imposible continuar.

Pero detrás de esas cifras existe una cuestión mucho más profunda: ¿qué pierde una sociedad cuando desaparece una editorial independiente?

Una biblioteca para comprender el México del siglo XX

Era contribuyó de manera extraordinaria a construir la memoria crítica de nuestro país.

Basta pensar en La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, publicada en 1971, una obra indispensable para reconstruir las voces de quienes vivieron la represión del movimiento estudiantil de 1968. Desde su primer título, La batalla de Cuba, de Fernando Benítez y Enrique González Pedrero, la editorial mostró además una marcada disposición a publicar textos vinculados con los grandes acontecimientos políticos y sociales de México y América Latina.

No se trataba simplemente de vender libros. En sus estantes podía reconstruirse buena parte de las discusiones que atravesaron al México de la segunda mitad del siglo XX: el movimiento estudiantil, las luchas obreras, la Revolución cubana, el zapatismo, las transformaciones del Estado mexicano, las contradicciones de la izquierda y los debates sobre el capitalismo y el socialismo.

Era publicó también los cinco tomos de documentos y comunicados del EZLN y sostuvo durante años Cuadernos Políticos, revista que se convirtió en uno de los espacios relevantes de discusión de la intelectualidad de izquierda durante las décadas de 1970 y 1980.

Para quienes defendemos la necesidad de comprender la historia desde las luchas de los trabajadores y los pueblos, esto tiene una importancia particular.

Revueltas, Trotsky y el pensamiento marxista

Ediciones Era tuvo además un papel importante en la difusión del pensamiento marxista.

Publicó traducciones y trabajos vinculados con autores como Antonio Gramsci, György Lukács y Adolfo Sánchez Vázquez, y dio un espacio destacado a una de las figuras más extraordinarias del marxismo mexicano: José Revueltas.

La relación entre Era y Revueltas merece destacarse. Su catálogo conservó no solamente sus novelas y cuentos —El apando, Los días terrenales, El luto humano, Los errores—, sino también sus escritos políticos. La editorial reunió su Obra política, incluyendo textos fundamentales para comprender sus críticas al Estado mexicano, al estalinismo y a las limitaciones de las organizaciones de izquierda, además de México 68: juventud y revolución y México: una democracia bárbara.

Para numerosos jóvenes, encontrarse con esos libros significaba descubrir que existía otra manera de interpretar la historia mexicana: desde las contradicciones de clase, las luchas obreras, la crítica al poder y la posibilidad de transformar radicalmente la sociedad.

Lo mismo ocurrió con la historia del movimiento socialista internacional. Era publicó en español, entre otras obras, la monumental trilogía de Isaac Deutscher sobre León Trotsky, editada en tres volúmenes durante la década de 1960: El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado. Aquellos libros permitieron a generaciones de lectores aproximarse a la Revolución rusa, la lucha contra el estalinismo y la trayectoria de uno de los principales dirigentes de Octubre de 1917.

Esto es importante recordarlo precisamente ahora.

En una época en la que buena parte de la información que reciben los jóvenes pasa por contenidos de algunos segundos, algoritmos de plataformas digitales y medios propiedad de enormes corporaciones, perder un catálogo construido durante seis décadas alrededor de obras que exigen leer, discutir, cuestionar y pensar constituye una pérdida especialmente grave para la juventud que busca comprender críticamente el mundo.

Cuando la cultura queda sometida al mercado

El cierre de Era pone también sobre la mesa una contradicción del capitalismo contemporáneo.

Una sociedad puede disponer de tecnologías capaces de producir y distribuir textos como nunca antes en la historia y, sin embargo, una editorial con un patrimonio cultural acumulado durante 66 años puede desaparecer simplemente porque sus libros dejaron de producir los ingresos suficientes para pagar las cuentas.

Ese es el problema de convertir la cultura en una mercancía como cualquier otra.

Desde la lógica del mercado, un libro que vende rápidamente merece permanecer en los estantes; uno que tarda años en encontrar a sus lectores ocupa espacio y capital. Era mantuvo precisamente una política distinta: continuaba impulsando obras publicadas muchos años antes y evitaba la lógica de desechar rápidamente los títulos que no alcanzaban una rotación comercial inmediata. Escritores vinculados a la casa editorial han señalado que ese modelo chocaba cada vez más con las nuevas prácticas de librerías y grandes empresas editoriales.

La consecuencia es preocupante. Si únicamente sobreviven quienes poseen suficiente capital para controlar edición, distribución, publicidad y acceso a los grandes puntos de venta, el problema deja de ser solamente económico.

Se convierte en un problema de pluralidad intelectual y política.

Necesitamos editoriales y prensa independientes

Por ello, el cierre de Ediciones Era debería preocupar también a quienes construimos periódicos, revistas, páginas digitales y proyectos editoriales independientes.

Las ideas necesitan medios materiales para circular.

Un movimiento obrero que no tiene periódicos propios termina dependiendo de los periódicos de los empresarios. Una organización política que no construye sus propios medios termina dependiendo de las redes sociales controladas por corporaciones multinacionales. Y una juventud que solamente conoce los libros escogidos por los grandes grupos editoriales tendrá muchas más dificultades para encontrarse con aquellas ideas que cuestionan precisamente el orden social del cual esos grandes grupos forman parte.

La existencia de una prensa obrera e independiente de los grandes corporativos no es, por tanto, un lujo ni una actividad secundaria.

Es una necesidad política.

Publicar un periódico, mantener una página web, imprimir un folleto, editar un libro, sostener una revista, vender una publicación en una manifestación o compartirla entre compañeros de trabajo constituye también una forma de disputar quién interpreta la realidad y desde qué intereses se cuenta la historia.

Ediciones Era demostró durante 66 años que una editorial independiente podía convertirse en un enorme archivo de la memoria crítica de un país.

Su desaparición deja un vacío.

Pero también deja una responsabilidad.

Las nuevas generaciones necesitan volver a leer a Revueltas, conocer las grandes discusiones del marxismo, estudiar las revoluciones y derrotas del movimiento obrero, comprender Tlatelolco, las luchas sociales mexicanas y las contradicciones del capitalismo contemporáneo.

Y para que esas ideas continúen circulando hacen falta editoriales, periódicos y publicaciones dispuestas a sostenerlas incluso cuando no sean las más rentables, las más cómodas ni las que los grandes medios desean promover.

Defender la prensa independiente significa defender la posibilidad misma de pensar contra la corriente.

El cierre de Era nos recuerda que esa posibilidad nunca está garantizada.

Hay que construirla, financiarla, leerla, distribuirla y defenderla colectivamente.

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